En fin, todo esto viene a cuento de que he estado observando a los turistas. Dicen que mi nueva ciudad es la segunda del mundo en turistas. Al parecer en París hay todavía más pero debe ser que como es más desparramado no se aprecia tanto la cantidad. Aquí como están las colinas pues el turismo va como más encajonado. Para colmo los 37 grados húmedos que caen hoy impulsan al flujo de turistas a desplazarse preferentemente por la acera de la sombra lo que viene a inhabilitar entre uno y tres cuartos del espacio disponible generando grandes aglomeraciones en el resto dependiendo de la hora. Como biólogo que soy, amamantado para más INRI (famosa marca de crucifijos) por los documentales de Félix Rodríguez de la Fuente y gran paseador de la Ciudad Eterna, no puedo dejar de mirar a los turistas con ojos de científico. A fin de cuentas conforman una masa de características definidas y con intereses y comportamientos comunes que genera todo un ecosistema a su alrededor, con sus parásitos, sus predadores, sus simbiontes… Yo llamo a esto la turistosfera. La turistosfera es una capa discontinua de densidad variable en función de la zona geográfica, que posee dinámica y características morfológicas propias y definidas. Aunque en algunas zonas es muy tenue, la turistosfera se encuentra en casi todos los lugares de la Tierra. Aquí en Roma, sobre todo en determinadas áreas de la ciudad, la turistosfera es especialmente densa. Así por ejemplo cabe decir que la célebre Fontana de Trevi es una fuente que sale en una película que se titula “La dolce vita” y que actualmente se cree que se encuentra bajo una capa de turistas de elevada densidad y consistencia. Es broma, en realidad sí que es posible ver la fontana, siempre y cuando sea uno capaz de llegar al lugar a través del tumulto. Esto es mérito exclusivo de la policía de Roma que se bate el cobre bravamente con la masa turística que, desesperada por el calor, intenta denodadamente abrevar y refrescarse con el agua de la fuente.
La turistosfera es algo verdaderamente interesante de
observar. Hay que resaltar de ella dos elementos fundamentales, la variedad
dentro de su homogeneidad y su tenacidad atroz. Aquellos que forman parte de la
turistosfera, no nos engañemos que todos hemos sido turistosfera alguna vez,
tienen unos objetivos muy claros, a saber, descubrir la maravillosa ciudad en
la que se encuentran, vivir experiencias inolvidables a ser posible cubiertas
de un halo de romanticismo, sacar fotos demostrativas de su estancia en lugares
tan notables y comprarse algún recuerdito que colocar en el salón de casa a la
vuelta para no olvidar aquel viaje de ensueño. El buen turista no cejará en su
empeño ni escatimará esfuerzos para alcanzar estos objetivos, así caiga un sol
de justicia y tengan que caminar quince kilómetros diarios, comer porquerías y
dormir en lugares incómodos. Los que van de viaje por que sí y no tienen estos
objetivos no son turistas sino viajeros y esos hoy no me interesan, no hacen
risa.
Los componentes de la turistosfera se ajustan a unos cánones
y estándares bien conocidos de todos pero dentro de esto varía su actitud y
morfologíaa. Aquí en Roma he visto grupos de chicas jóvenes americanas,
americanas del todo, que al caer la tarde se desplazan hacia el centro con un
aire y unas maneras innegables de “aquí estoy yo, que he venido a follármelo
to”. Lo juro, hay auténticas bandadas. Luego se ven grupos que vienen a Roma
por la cosa religiosa, del Vaticano y eso. Sin ir más lejos, hace poco me crucé
por el Trastévere con una bandada de portugueses que andaban dispersos y se
estaban reagrupando frente a Santa Maria in Trastevere. Supe que eran
portugueses porque identifiqué la parla pero sobre todo porque la guía alzaba
un palito con una pequeña bandera rojiverde. Poco después me los crucé por el
barrio cuando ya reagrupados avanzaban como manada orgullosa y compacta tras el
estandarte nacional cantando a coro alegres canciones de su tierriña. ¿Y cómo
se yo que estaban en Roma por la cosa religiosa? Pues porque de putas no tenían
pinta de ir lo mismo que las americanas de antes no iban vestidas para entrar
en San Pedro precisamente.
He hablado hasta ahora del componente principal de la
turistosfera pero no necesariamente del más interesante. A mi me llaman mucho
la atención los entes locales que se desplazan entre los turistas y a su
alrededor con el interés claro de sacar algún provecho. Aquí en Roma, ya lo he
dicho alguna vez, tenemos muchos pakis, nombre xenófobo de cuño anglosajón que
designa a los ciudadanos de Pakistán y que en este caso podemos hacer extensivo
también a los de Bangladesh. Hay pakis a espuertas y muchos de ellos se
dedican a parasitar turistas si bien creo que lo hacen bajo las directrices de
algún turbio cerebro chino porque según que cosas sólo se le pueden ocurrir a
un chino. Yo que nunca pondría objeciones a que mi hija se casase con un árabe
siempre y cuando este me riese francamente los chistes sobre Mahoma debo
admitir que los pakis de aquí me cuestan porque los encuentro ruidosos,
ordinarios y escasamente educados, al menos desde nuestro concepto de
educación. Que sí, que soy un racista de mierda, que le vamos a hacer. Yo es
que para lo de la urbanidad soy muy mío.
Los pakis intentan vender a los turistas unos cacharros
fosforescentes que tiran al alto por la noche y que por lo visto es muy hermoso
de ver. En cierta ocasión me calló uno encima cuando cruzaba por la plaza
Navona y a punto estuve de pisarlo. También venden unos muñecajos de goma
blanda que arrojados contra una superficie se despanzurran y vuelven poco a
poco a su forma original. Durante el día venden flores y paraguas que son
paraguas cuando llueve y sombrillas cuando luce el sol. Yo que no soy turista
sino romano no dejo de ser acosado por estas bandas de vendedores espontáneos,
no sé como no se dan cuenta de que soy de aquí, con este aire latino que me
envuelve. Realmente me pregunto que proceso mental les lleva a pensar que pueda
yo tener algún interés en sus absurdas mercancías. Alguno me ha llegado a
incomodar severamente metiéndome las putas florecitas por las narices, “¡qué
no, coño, que no, que me dejes en paz! Lo del “coño” debe ser muy internacional
porque el personal recula cuando lo escucha. O eso o el aire de gorila cabreado
que se me pone y conste que yo tengo tamaño de gorilón así que debe resultar
convincente el asunto.
El caso es que me he estado fijando y he visto gente que
había comprado el cacharro ese de lanzar a lo alto, una especie de fuentes de
madera extensibles, paraguas-sombrilla y en el colmo de la paranoia, he visto
turistas encantados cargando con unas pinturas de imágenes típicas de la ciudad
que unos orientales, tengo para mi que coreanos o vietnamitas, pintan en la
calle con espráis de pintura acrílica y que son tan meritorios en cuanto a
ejecución técnica como horteras en su resultado final. He concluido que esto
viene a ser como esos correos spam en los que te piden un número de cuenta para
transferirte una fortuna que un ricacho africano quiere sacar del país: Si
entre un millón de corros encuentran tres panolis ya tienen el negocio hecho.
Pues esto igual, con los millones de turistas que andan por aquí, encontrar dos
o tres que te compren la horterada no parece misión imposible.
En fin, los turistas serán lo que sean pero se dejan una
pasta y son fuente de prosperidad y, aunque no lo parezca, de cultura también.
Si no tuviésemos aquí la casa de Dios habría muchos menos turistas y por lo
tanto menos prosperidad porque el Foro Imperial tiene gancho pero no tanto, así
que benditos sean los turistas y bendito sea el Santo Padre y su corte de
capullos. Yo seguiré echándole una mano a aquel turista en apuros que me lo
solicite y charlando con Dios ahí en su casa cuando la densidad de la turistosfera
en San Pedro lo permita. En realidad me gusta.
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| La famosa Fontana di Trevi que asoma entre los turistas. Hay menos que de costumbre, probablemente por los 37 ºC húmedos que azotaban la ciudad. |

Los incombustibles son aquellos nórdicos que vienen a la playa a dejarse litetalmente la piel y a quedarse en carne viva quemados por el sol. Siempre hay de estos locos que además dejan que sus hijos de piel casi transparente se achicharren día tras día hasta el último de sus vacaciones.
ResponderEliminarGina
Yo creía que eso era más de ingleses. Luego vienen los cánceres y nos quejamos.
EliminarJuro y advero que compré un cacharrito fosforito, no lo pude evitar :)
ResponderEliminar¡Madre de Dios! ¿Y haces mucho ese tipo de cosas?
EliminarMogollÓn
EliminarYo también le compré a mi hija un cacharrito de esos hace dos o tres años... Son muy monos
ResponderEliminarMonisísimos. Y decoran una barbaridad, ya te digo...
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