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domingo, 16 de diciembre de 2012

Lecciones de Historia

 Como había amenazado, aquí estoy de nuevo para hacer crónica de la mejor película que he visto en bastante tiempo: "Abraham Lincoln, cazador de vampiros"

La historia empieza durante la adolescencia temprana de Abe, en un villorrio de Illinois que es el estado del que viene Obama. Para aquellos que estén un poco justitos de Geografía e Historia, Illinois es un estado del norte, de los de la Unión, no de los confederados. Para los que no lo sepan y quieran tirarse el pisto delante de amigos y familiares durante las entrañables fiestas que se avecinan, se pronuncia "Ilinoi".

El caso es que Abe niño anda con su padre haciendo no-se-qué en la zona del río cuando ve que unos hombres malos y chulescos maltratan a un pobre negrito de su edad pero más bajito pues es bien sabido que Abe tenía un problema hormonal que le produjo una notable acromegalia y que seguramente le hubiese dado una ancianidad llena de sufrimientos de no haberle sido abreviada la existencia por aquellos pavos de mal perder que se lo llevaron por medio. El caso es que los malos se ponen a golpear al negrito y Abrham sale en su defensa con lo cual se lleva también lo suyo. Papá Lincoln se interpone y el señor chulesco del látigo le arruga con sus palabras amenazantes.

Esa misma noche, mientras duerme, el joven Abraham se despierta sobresaltado por unos ruidos en el piso de abajo, donde duermen papá y mamá. Abe se asoma con cautela y, en lugar de ver a sus papás jugando a los médicos que habría sido lo normal, se topa con que el malote del látigo, que es un vampiro, está chupándole la sangre a su mamá, quien muere a consecuencia. ¿Dónde se encuentra papá a todo esto? Pues ni puta idea, bastante agobio tenía con la cabina de avión a 28 grados en la que estaba confinado viendo la peliculita, pero carece de relevancia para el resto de la historia. El caso es que la madre muere y Abraham se va por el mundo a hacerse mayor y abogado, paso previo y elemental antes de llegar a presidente de Estados Unidos.

Ya crecidito Abe vuelve a su villorrio a vengar la muerte de mamá a tiro limpio contra el malote, del cual ignora la condición de vampiro pese a lo que ha visto, el pobre Abe es un simple y además un seguidor de Rosseau. Mientras se toma unas zarzaparrillas en la tasca del pueblo para darse ánimos antes de acometer la faena, llama la atención de un parroquiano de aire misterioso que se encuentra en el local. Fundamentalmente porque mientras empina el codo se le cae el pistolón al suelo.

Abe se va a buscar al malo y cuando lo encuentra le pega un tiro que parece haber fallado sorprendentemente. El malazo sale tras él y lo acorrala en una caseta pero durante la pelea Abe consigue recargar la pistola y recibe al malo con un segundo tiro en todo el ojo. El malo parece caer muerto. Sin embargo, cuando todo el pescado parece irremisiblemente vendido, el malo se resucita y se tira, literalmente, a por su cuello. Ese es el momento en que aparece el colega del bar y le espanta a este pollo vampírico. Entonces es cuando a Abraham le hacen la luz. El espantavampiros le viene a explicar que América toda está llena de ellos, que están camuflados entre la gente normal y que se confunden con cualquiera. Sólo al llegar la noche se quitan el disfraz y parten a chupar sangre como locos. Entre espantado e indignado (Lincoln era un tipo que se indignaba mucho ante la injusticia, la mentira y la esclavitud, por algo es santo civil), Abe se compromete a luchar contra el vampirismo. Para ello acepta seguir un entrenamiento y convertirse en una especie de agente secreto antivampírico.

¿Y cómo se liquida a un vampiro? Se preguntará una parte del respetable igual que hizo Abraham. Con una estaca de roble clavada en el corazón, contestarán los más clásicos. Con un revuelto de ajos tiernos dirá algún gracioso. ¡Pues no! A los vampiros hay que matarlos con plata. ¿Y por qué con plata? Pues porque con treinta monedas de plata pagaron a judas por traicionar a Cristo lo cual hace que este metal sirva para matar vampiros, hombres lobos y cualquier clase de horror maléfico y pecaminoso.

Con semejantes antecedentes Abe y su amigo se hacen un hacha con la hoja de plata y el primero se somete, por parte del segundo, a un intenso entrenamiento que lo convierte en una especie de leñador-maestro-kung-fu de cargase de bueno y de habilidoso.

Ya graduado se va Abe a ejercer de agente secreto (durante la noche) a otro villorrio de Illinois (presumo que Chicago que hoy en día es una gran ciudad pero que empezó como villorrio). Durante el día trabaja en un ultramarinos, que no sé cómo se llamarán en América, lo mismo antemarinos y hace de abogado, se mete en política y liga con Mary, su futura esposa y Primera Dama. Por la noche descabeza vampiros sin ninguna piedad y se deshace de los cuerpos. Los vampiros son que si el farmacéutico (que no me extraña), que si el jefe de la oficina de correos, que si un cuñado de Mary, en fin, gente de lo más corriente a la que nadie echa en falta cuando Abe les da boleta.

En su faceta política Abe se destapa  como un hombre honesto, modélico ciudadano, amante de las libertades ciudadanas y, aquí está la madre del cordero, enemigo acérrimo de la esclavitud.

El caso es que poco a poco Abe va dejando el antivampirismo por la política activa y así a lo tonto, llega a presidente como quien no quiere la cosa. Es entonces cuando decide que por el poder del que ha sido investido va a ordenar el fin de la esclavitud y aquí llegamos al nudo gordiano de esta revisión histórica. El tipo que le ha adiestrado en matar vampiros, que es a su vez un vampiro aunque este sólo se alimenta de sangre de lata porque es un ser de nobles sentimientos, le explica que eso no puede ser porque los vampiros, que se han afincado en los estados del sur, utilizan a los esclavos negros para alimentarse de ellos y así dejan en paz a los blancos del norte. Pero esto a Abe le da igual, lo que es justo es justo y él, en su personalidad de presidente, procede a abolir la esclavitud. Como no podía ser de otra manera esto desata la guerra civil que dura y dura como el conejito de Duracell porque los ejércitos del norte no consiguen doblegar a los rebeldes. Y los que tenemos ciertas inquietudes históricas es aquí donde quedamos perplejos porque no es que los confederados fuesen gente brava y motivada, ni que Robert Lee le diese cincuenta vueltas al mejor general de la Unión, no; ni siquiera la patanería, falta de escrúpulos y desinterés de políticos y militares federales tenían nada que ver. La cuestión es que el ejército rebelde ¡¡¡está formado por vampiros!!!  Y que el mismo Jefferson Davies (presidente confederado, N. del A.) es un hombre de paja manipulado por el jefe supremo vampírico que hace y deshace a su antojo para poder mantener sus granjas de esclavos negros a los que chupar la sangre y de las que el maldito Lincoln quiere privarles.

Para no enrollarme mucho me voy derecho al final. Hay una única forma de acabar con la horda vampírica-sureña que obviamente supera cualquier carga militar de los soldados de la unión a los que aniquila sin piedad: dispararles munición de plata. Con esta brillante idea se procede a recolectar plata que todas las familias adineradas de Boston donan gustosas y a hacer unas estupendas balas y bolas de cañón para matar soldados vampíricos y liberar a los esclavos.

El transporte de las balas al frente, que se hace en tren, es de lo más accidentado porque el vampiro jefe se entera de la jugada y trata de impedir que la munición mágica llegue al frente. Abe, que es un tipo muy responsable y que está muy despechado porque los vampiros han matado a un hijo gordo que le han puesto, ha retomado el hacha de plata y va en el tren con su amigo negro y el entrenador vampírico. En fin que, como era de esperar, el malo ataca el tren, hay una lucha brutal, el malo muere, los buenos se salvan y el tren se va a hacer puñetas pero como Lincoln es muy listo, ha enviado las municiones por otra vía, el tren era un señuelo ¡ja, ja, ja!

La película termina con los soldados sureños-vampíricos muriendo inopinadamente, víctimas del más absoluto estupor y de la argéntea munición. Se liberan los esclavos y todos contentos.
Me ha parecido curiosísimo lo que hacen los americanos con la historia, la manera en que la retuercen y la acoplan a una buena venta y me ha parecido una idea magnífica para trasladar a nuestro país o conjunto de ellos. Así puestos podrían hacerse películas del tipo “Zumalacárregui contra los zombis españolistas”,  “Roger de Flor cazador de hombres-lobo” o “Martirio y milagros de Manuel Goded” por sugerir algunas,  de visionado obligado en las escuelas. Total para como nos estamos quedando por lo menos echamos unas risas…
 
Abe Lincoln con su hacha en plena faena en el tren de las balas de plata. Un cagarro espectacular.

9 comentarios:

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    1. Bueno, es que de hecho es el primo meteorólogo de Rajoy que se ha reconvertido.

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    1. Efectivamente, es una película muy estupefaciente.

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    2. ¿y por que no dejan que los demas también nos estupefactemos? ¿por que no reparten material? (es una pregunta que muchas veces me hago en mi jornada laboral)

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  3. Que mania le tienes a los farmaceuticos...no dejas escapar una!madre mia q peliculon,estos yankees ya no saben que hacer!

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    1. Pues no sé, será por aquello de lo que les gusta mangonear, excluir y jugar con ventaja a través de sus asociaciones profesionales que se arrogan para sí el derecho a ser director técnico de los laboratorios - QP de Qualified Person creo que lo llaman ahora- o a decidir quién puede poner una farmacia y donde... En fin, esas cosillas y otras por el estilo.

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  4. Joder que películas te tragas colega!! Esta y la serie de los zombies de la tele son de lo mejor!!

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    1. La peliculita es un bodrio de dimensiones bíblicas. Encima el entorno era de los más mortificante. Yo es que en situaciones así me crezco, me acuerdo de un amigo nuestro que suele decir "sin dolor no hay recompensa" y hago este tipo de cosas.

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