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sábado, 11 de agosto de 2012

La amante rusa

No pudo evitar un sentimiento de ruindad cuando se sorprendió sopesando qué cantidad sería oportuno gastar en la joya con que había decidido dulcificar la noticia que tenía que darle a su esposa. Nunca había entendido ese gusto que las mujeres mostraban por las joyas, al menos las mujeres que él conocía. Finalmente las joyas no dejaban de ser pedacitos de metal con cristalitos engarzados. Estéticamente podían ser agradables pero no como para justificar semejantes precios. Rubén siempre había sido un tipo práctico y sólo encontraba valor en aquello que uno podía ponerse encima o sobre lo que podía caerse muerto, no en los adornos. Además de práctico era poco amigo de falsedades, dobleces y dobles vidas y cuando la historia con Irina fue a más no tardó en llegar a la conclusión de que debía ser honrado y contárselo a su mujer. "Y que sea lo que Dios quiera" se había dicho tras sopesar el trauma que supondría soltar semejante bomba en su pequeño universo, lo mucho que incomodaría a sus padres, el disgusto para sus suegros con los que siempre mantuvo una excelente realación, el trauma para sus hijos y sobre todo el dolor y el sufrimiento que le tenía que causar a su mujer.

Ruín o no, le pareció que pagar tres mil euros por un colgante de oro blanco con un diamante engarzado era más que suficiente. Al fin y al cabo no iba sino a cumplir con el acuerdo tácito que tenía con Susana y que básicamente consistía en no decirse nada si había escarcéos eventuales y aventuras extramatrimoniales sin más pero ser valientes y dar la cara en el caso de que el amor hacia un tercero o tercera entrase en el tablero de juego. Era una cuestión de respeto, nada más triste que un marido o una esposa que ignora durante años que su pareja convive con alguien más y que mantiene el matrimonio por conveniencia o por lástima. Así pues se disponía de alguna manera a serle fiel a su mujer, a la que quería verdaderamente, pasando el trago amargo de confesarle la verdad.

La tercera de la historia era Irina, Irina Feodorovna, una ingeniera nacida cerca de Moscú hacía treina y tres años a la que conocía de la oficina de su compañía en París, que desde hacía unos meses frecuentaba por razones profesionales. Irina era alta, muy, muy rubia, delgada, con cuerpo de bailarina y unos hermosos ojos de color azul, casi gris, en los que se perdía cada vez que estaba a su lado. No hace tanto en realidad que Irina y Rubén se conocieron. Ella, casada con un francés, residía en París desde hacía bastantes años y era nueva en la empresa para la que trabajaba Rubén. Habían coincidido por motivos laborales pero la química entre ellos no tardó en surgir. Empezaron compartiendo maratonianas sesiones de trabajo, más adelante comidas, alguna cena y por fin la cama. Rubén no se lo podía creer, aquel pivón, quince años más joven que él, tan exótica, tan diferente, tan guapa... Los viajes a París que tenían lugar un par de veces al mes incrementaron su frecuencia y duración, cualquier motivo era bueno. Volvía a casa con un cierto sentimiento de culpa porque se sentía mal con respecto a Susana, su esposa. Al principio no le dijo nada porque pensó que era pasajero pero finalmente tuvo que reconocer que no, que se estaba enamorando como un colegial, que le habían empezado a dar igual el piso de Madrid, los veinte años de convivencia, los tres hijos, los suegros y el perro y que a su madre ya se le pasría el disgusto. Además Irina se confesaba perdidamente enamorada de él y estaba dispuesta a abandonar a su marido por quien no parecía sentir demasiado aprecio.

El miércoles era el día elegido, los niños estaban pasando unos días con sus abuelos y Susana andaba con menos trabajo porque no había clases en la universidad en aquella época. Reservó habitación en un hotel del centro donde esperaba pasar la noche tras comunicar a su mujer lo que había, salió temprano de la oficina y se dirigió a la joyería de la calle Serrano que tanto gustaba a su mujer. Hizo su inversión, subió al coche y se dirigió a su casa. Coche en el garaje, respira hondo, saca la llave del bolsillo, la introduce en el bombín, gira ¡dos vueltas! y entra. ¡Vaya! Susana no ha vuelto todavía. Este suceso inesperado ponía las cosas más complicadas. Frecuentemente la realidad se obstina en fastidiar los planes que nuestra imaginación traza con tanta soltura.

Se sirvió un güisqui, se deshizo de chaqueta y corbata y se sentó delante del televisor a prestar atención a la programación al objeto de no tener que pensar.Habrían pasado unos cuarenta minutos cuando se escuchó la llave de la puerta y entró Susana.

- Rubén, ¡qué pronto has llegado hoy!

Así se inició una conversación sin sustancia y de medias mentiras en la que Rubén se devanaba los sesos para llegar al tema del que desaba, había decidido, hablar esa noche. Susana por su parte hablaba de temas livianos, de la conversación telefónica con los chicos, del calor que estaba haciendo en Madrid, de noticias de prensa... En un momento dado surgió la idea de salir a cenar aprovechando que estaban solos. El sushi terminó de enfriar los buenos propósitos de Rubén que a los postres miró a los ojos a Susana y le dijo "te he traido algo" y le tendió el paquete que había traído de la joyería. Susana abrió mucho los ojos, desempaquetó el colgante y le preguntó:

- ¿Y esto por qué?

- Porque te quiero mucho- contestó Rubén mientras sentía como se diluía lo poco que a aquellas alturas quedaba de sus buenos propósitos.

Aquella noche hicieron el amor y una habitación de un hotel del centro de Madrid permaneció vacía hasta el amanecer y más allá.

9 comentarios:

  1. Las rusas han hecho más daño en este país que el consumo de mayonesa sin refrigerar en Benidorm.
    Lo que yo le diga.

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  2. Me gusta. Mucho. Más historias y menos impresiones. Estamos rodeados de terrtulianos hasta en la sopa. Pero qué poquitas histirias interesantes leemos.

    El pobre Rubén queda fatal. La cobardía hecha persona.

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    1. Ciertamente cobarde pero también vulgar. El tipo quiere pero las circunstancias juegan en su contra.

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  3. Ay Dios! Que me acaban de regalar un IPad....

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    1. ...Y mucho más barato que el colgante de la vecina...

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    2. chungo ... aunque sea mas barato que el pedrolo colgandero.

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  4. Pues ahora que he leído las dos historias paralelas me gusta mucho más. Está muy bien Alf, pero sigo sin creerme que ella no tuviese arrestos... El es un pichazas, no cabe duda... le va

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  5. Otro día inspirado cuento como va la cosa.

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