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domingo, 26 de agosto de 2012

Fyodorovna

Removía distraída el azúcar en la taza de café que le habían servido en la terraza del Indiana, mientras aguardaba la llegada de aquel tipo de nombre impronunciable con el que se venía relacionando por motivos laborales desde hacía algunas semanas. Habían quedado allí con ánimo de entrar al Gaumont a ver alguna película en versión original, "a hacer un poco de team building" había dicho él para que no todo sea trabajar y trabajar. Nisiquiera entendía muy bien por qué habían quedado, extranjero, casado... Qué iba a querer sino lo habitual en estos casos. Los hombres mienten siempre, continuamente y además lo hacen fatal, es incomprensible porqué las mujeres caen una y otra vez en un truco tan viejo.

Rubén apareció al poco con cierta cara de agobio por el retraso. Explicó que se había confundido al sallir del metro y que se había ido hacia el lado contrario de la torre de Mont Parnasse. Cuando se sentó y se calmó un poco preguntó a Cécile si había alguna película en particular que quisiera ver. Ella le ofreció la opción en español pero Rubén la desechó diciendo que no era auténtico español puesto que se trataba de una película argentina. Finalmente y ante la falta de consenso decidieron dar un paseo aprovechando la tregua que había dado la lluvia y quizás cenar algo en el barrio latino.

Fue un largo paseo. Rubén le contó a Cécile un poco de su vida, de su casa de Madrid, de cómo había llegado a aquel negocio... La vida de Rubén no estaba marcada por hechos relevantes ni aventuras fascinantes pero resultó ser un hombre divertido, correcto y amable. Cenaron en una pizzeria del Boulevard Saint-Germain, nada especial ni lleno de encanto aparte del que poco a poco y sin darse cuenta iban poniendo ellos. Fue cuando Rubén le preguntó a Cécile por qué tenía un aspecto tan poco francés cuando ella resultó ser una persona con una historia cuando menos curiosa.

Efectivamente Cécile era una joven de una estatura bastante superior a la media, tremendamente rubia, con los ojos azules y la cara redonda. Se debe - dijo ella - a que me parezco mucho a mi madre. Cécile Boncompain se llamaba también Irina Fyodorvna y era hija de un francés y de una guapa mujer rusa que se había reeditado en ella.

- Papá era un comunista convencido. Militaba en el Partido Comunista Francés y no se saltó una sola de las algaradas del 68. Se llamaba Didier Leroi, mal nombre para un estalinista recalcitrante, por lo que todos le llamaban por su alias, "Dostoyevsky", un autor al que adoraba y cuyas obras completas conocía bien. Por él se puso ese nombre en clave. Insatisfecho de los resultados y las motivaciones de la lucha social en Francia, Didier decidió emigrar a la Unión Soviética en 1973 para disfrutar de la auténtica esencia de las tesis de Marx y Lenin. Allí decidió adoptar un nombre ruso, Fyodor, como su adorado Dostoyevsky y por eso cuando algunos años después nació su única hija le pusieron Irina Céline Fyodorvna Leroi. Irina creció en la época postcomunista, estudió en la Escuela de Ingenieros de San Petesburgo y tras la muerte de su padre, con quien no compartía el amor por la extinta URSS, decidió aprovechar su condición de francesa y marcharse a vivir a París.

Rubén tomaba café y calvados y miraba embobado a Irina. Reía sus ocurrencias y le contaba aventuras de juventud, de sus años de estudiante de bachillerato en Tarazona, de su llegada a Madrid... Irina resultaba muy cómica intentando pronunciar Tarazona, y al se le empezaba a ir la cabeza.

- ¿Te importa que te llame Irina a partir de ahora? Preguntó Rubén entre divertido y admirado. - Lo mismo prefieres una copa de vodka, dijo Rubén ante el recién descubierto exotismo de su interlocutora.

- Yo no soy tan original como papá - dijo Cécile-Irina. Llegué a París hace diez años, tuve trabajos normales, novios normales... Todo muy burgués y muy normal. Mi padre lo hubiese desaprobado mucho.
A lo largo de la noche Irina-Céline había sentido un interés creciente hacia Rubén. Él hablaba francés con un acento bastante fuerte pero se defendía bien. Aquello contribuía a hacerlo más gracioso y más atractivo. Le gustaban sus manos tan pulcras y cuidadas, como se movían para apoyar sus explicaciones y sus historias y la chispa que había en su mirada. Rubén tenía el pelo negro y rizado, con la frente despejada, la piel blanca y la baraba fuerte y negra. Su mentón grande y cuadrado le daba justamente el toque necesario para responder al arquetipo de  "amante latino" tan popular entre las jóvenes francesas.

Por su parte Rubén estaba encantado con su compañera de oficina que al final había resultado ser una caja de sorpresas. Durante la segunda copa había decidido que quería hacer el amor con ella pero no quiso precipitarse. Por esa razón la acompañó en un taxi hasta su casa para marchar después a su hotel. Irina-Céline había dado señales de estar pasando un buen rato y de encontrarse receptiva durante la velada, por eso no quiso tentar a la suerte y prefirió esperar a otra ocasión. Al fin y al cabo, ella vivía con un hombre.

Cuando Irina se despertó la luz del sol entraba por la ventana inundando el dormitorio. François, su marido, aún dormía desnudo, boca abajo, plácidamente, ignorante de la erupción y el terremoto que éstaba teniendo lugar en el mundo de su esposa. Cuando Céline llegó a casa la noche anterior hacía poco que él se había acostado. Ella se metió en la cama y le buscó. Hicieron el amor, ella se apretaba contra él con ansia, con desesperación, liba tan deprisa que costaba seguirla, pedía tanta pasión y tanta entrega que él no alcanzaba a explicárselo. Cuando finalmente cayeron derrotados sobre las sábanas él le preguntó si estaba bien, si le ocurría algo. "Sí, estoy bien mi amor" fue todo lo que ella alcanzó a contestar.

Por la mañana Céline se había ido y su lugar lo había ocupado Irina. No hacía más que pensar que en el último encuentro amoroso con su marido. En lugar de estar con François su mente había estado con Rubén.


4 comentarios:

  1. Esa reacción que describes, me refiero a que ella hace el amor con su marido por que ha estado con otro hombre que le gusta, puede ocurrir, pero para mi gusto es más la de un hombre que la de una mujer. En cualquier caso pobre marido, no sabe los cuernos que le esperan. Buena historia apañero.

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    1. Me cuesta responder a eso. Intento ponerme en el lugar de la chica pero como puedes imaginar me resulta difícil y básicamente junto lo que he oído y lo que me imagino. En ambos casos me puedo imaginar una sesión sexual con la pareja habitual pero se me hace que por distinto motivo. De todas formas no vendría mal la opinión de una lectora en este punto.

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  2. Allá voy en mi condición de fémina añosa, pese que en algunos foros se discute mi condición de fémina, imponiéndome un mango imaginario digno de Gozila, diré que al igual que a udes. Esa cosas también nos pasan. El sexo casero aderezado con la imaginación puede dar estupendas sesiones amatorias. Ahora bien, una vez finiquitado, media vuelta y a dormir. Lo ven? Como ustedes, igualito :)

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    1. Será así claro, carezco de argumentos. Es que la fama de escasa sensibilidad es varonil, no de las pobres chicas que no hacen sino de sufrir y de sufrir.

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