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jueves, 31 de mayo de 2012

Bailando samba


El lunes por la tarde me tocó. Fue una situación como en aquella película de Jerry Lewis en la que el tipo es el último mono de la oficialidad en la tripulación de un submarino y por una sucesión de vacaciones el capitán pasa el mando al segundo, este al que viene después y así hasta llegar a Jerry quien, con ser el último de la cadena, se tiene que quedar con el mando en cuestión. Pues algo así me pasó a mí, “el doctor” – nuestro amo y señor – tenía una reunión en Brasilia a la que no le era posible asistir así es que le endilgó el marrón a mi jefe quien a su vez tenía otros huevos que freír en Madrid así es que me pasó la patata caliente a mí y como no era cuestión de cedérsela a la becaria que es el único ente bípedo que queda por debajo de mi jerarquía en esta precaria cadena de mando, no me quedó otra que marchar al país de la samba. Eso sí, conseguí que al menos me facturasen en business lo cual ha sido de gran unción por, aparte de las razones obvias, el episodio que más adelante relataré.

El viaje de ida lo hice con TAP (Transportes Aereos de Portugal), una compañía pequeña pero aseada que me ha sorprendido gratamente por su puntualidad que por cierto, ha estado en un tris de costarme un disgusto. Salí de Madrid para hacer transbordo en Lisboa. El aeropuerto de Lisboa tiene las indicaciones a juego con las carreteras del país, es decir, vagas, erróneas y caóticas de manera que para ir de un lugar a otro hay que echar mano de la estadística. Esto consiste en ver varias indicaciones, estimar la moda y proceder con el camino elegido. Con esta técnica y no sin evitar una vueltecilla por la terminal, conseguí llegar al avionaco que me tenía que transportar al otro lado del Atlántico. Después de 9 horas que me parecieron un suspiro acostumbrado como estoy a volar a Buenos Aires en el vagón del ganado, llegué a la lamentable Brasilia, esa ciudad pretendidamente de diseño que se planificó y empezó a construir en los años 60 y que algunas películas del tardofranquismo presentaban como el copón de la baraja.

Ya en la maniobra de aproximación al aeropuerto me fijé que las pedanías de la ciudad están ocupadas por una suerte de barriadas en las que se ven casas con tejados de uralita sin rastro de asfalto entre ellas lo cual no inspira precisamente tranquilidad. Una vez en el aeropuerto pude comprobar que Brasil reúne todas las taras de los portugueses enriquecidas con los aspectos nefandos de América Latina, a saber, desigualdad social brutal, poco o ningún respeto hacia la vida humana, corrupción galopante y demás tipismos latinos. El cruce de la frontera fue la primera en la frente. Mira que es una cosa tonta pasar tu pasaporte por el aparatito ese que los lee y le cuenta al aduanero si eres delincuente o no y, todo lo más, preguntarte por el motivo del viaje. Pues no, a mí me tocó contar el motivo del viaje, para quien trabajo, enseñar el billete de ida, el de vuelta, el resguardo de la reserva del hotel y dar una tarjeta de visita, la hostia. No fue a mí sólo, se lo hacían a todos los extranjeros que entrábamos en ese momento en el país, doy fe. Con ello se consigue en pocos minuto generar una cola espectacular para cruzar la inmigración que te puede tener retenido como poco una hora. Ni que decir tiene que el ritmo con que os brasileros trabajan es el propio de latitudes tropicales: en general mucha prisa no tienen.

Brasilia, la legendaria capital do país da samba es un bodrio. Hace un calor que te cagas y no hay cuatro estaciones sino dos, la seca, que es ahora, y la de lluvias. Aparte los selectos suburbios que ya he mencionado, Brasilia tiene forma de avión. Tal cual. Las indicaciones te mandan al ala norte o al ala sur, todo está organizado por zonas: zona de hoteles, zona comercial, zona de ministerios… El cuerpo del avión comienza en el morro con la zona administrativa que alberga al gobierno federal con todos sus departamentos. En el cuerpo del avión, que por cierto tiene un tráfico de mierda, se encuentran una serie de edificios que en su día fueron considerados de lo más chic pero que a fecha de hoy me han parecido un bodrio. Especial mención merece la catedral, una especie de alcachofa medio abierta de color blanco ennegrecido por la acumulación de roña. No pocos edificios me han recordado a nuestras desarrollistas colmenas de la M-30, debe ser por el ladrillo visto de color naranja elegantemente salpimentado por detalles en verde. Delicioso todo, muy recomendable. Por si esto fuera poco, el país me ha parecido caro, posiblemente un 50% más que España.

Mi reunión estaba convocada inicialmente a las nueve de la mañana pero la sobrecargada agenda del excelentísimo señor secretario de estado de salud, tecnología y no sé que más, ha motivado un cambio de horario a las tres de la tarde con la subsiguiente alteración en mis vuelos, en lugar del directo Brasilia – Lisboa, me ha tocado ir de Brasilia a Sao Paulo, de allí a Lisboa y por último de Lisboa a Madrid, ¿verdad que suena divertido? Se lo leí a Reverte, es costumbre del soldado viejo mirar por donde escapar antes de meterse en faena. Yo no he pegado un tiro en mi vida, ni ganas, pero sí que tengo esa costumbre y la modificación de trayecto me ha dado un mal rollo…

En el aeropuerto de Brasilia el check-in es complejo. Los mostradores son de difícil identificación y no puede uno ir directamente como en el resto del mundo, primero hay que contarle la vida a una amable pareja – señorita despampanante y caballero corriente- para que te permitan acceder al mostrador. Nadie habla inglés, ni la perica, ni el pavo que la acompaña ni por supuesto la joven de facturación, para qué. Tras una curiosa conversación en portuñol con algunas palabrejas en inglés, consigo mi tarjeta de embarque para Sao Paulo pero no la de Lisboa. Bien, me digo, voy al mostrador de TAP y listo pero ¡ah sorpresa! No hay mostradores de TAP ni nadie en la información de TAP ni rastro de TAP por ningún lado. Me empiezo a preocupar porque tengo una hora escasa para el cambio y eso sin tarjeta de embarque es chungo. Los sudores se anuncian. Previamente he discutido con un gañán que, en lugar de decirme que los de TAP estaban en clase de samba, me explica que no es posible hacer el check-in allí. Cansado de explicarle que actualmente el check-in lo puede hacer uno sentado en el wáter de su casa, decido buscarme la vida, lo que viene a consistir en conectar el ordenador y, tras interminable espera porque la velocidad de la red en Brasil es también tropical, consigo hacer el chek-in electrónico. Obviamente no puedo imprimir nada pero al menos gano el argumento de que saben que existo en mi vuelo.

Sube la calor y la amenaza de sudores se va materializando tímidamente. La cosa empeora porque, pese a ser la estación seca, alguien no se ha debido enterar y empieza a llover auténticamente a mares lo que eleva de manera considerable la humedad ambiental. Como no podía ser de otra manera voy vestido de traje lo cual contribuye a que los efectos de los sudores incipientes sean más demoledores si cabe.

Mi avión sale con retraso, la clase de samba del piloto, que se ha prolongado hoy un poco más de lo habitual. Llegando a Sao Paulo me doy cuenta de que llevo el tiempo pegado al culo, tanto más considerando que necesito una tarjeta de embarque y que lo más probable es que los empleados de TAP hayan cerrado el garito y se hayan marchado a la sesión de samba. En estas cavilaciones voy discutiendo conmigo mismo para hacerme entender que soy un cretino y que lo más que puede ocurrir es que tenga que hacer noche en la simpática villa de Sao Paulo y salir a la mañana siguiente. Estos razonamientos se ven truncadas por el pensamiento que me provoca ver las casas que sobrevolamos a poca altura: “La esperanza de supervivencia de un tipo como yo en un vecindario como el que se ve ahí abajo debe ser de unos 32 minutos”. No en vano Sao Paulo es una de las ciudades con más delincuencia del mundo. Encantador todo.

Salir del avión un triunfo porque voy en la fila 21. Llegar a la terminal dos porque no hay fingers en Sao Paulo sino los putos autobusitos. Por fin en la terminal echo a correr, que lo jodan al traje y a los sudores. Le pregunto a un individuo por los mostradores de TAP y juraría que me envía a la zona B – estoy en la C. Corro hasta la zona B. Ni rastro de TAP. Pregunto a una amable señorita que me envía a la zona D. Corro a la zona D y los sudores empiezan a resbalar por mi espalda y a empapar mi camisa blanca de gemelos y mi bonita corbata de Roberto Verino amenazando con dejar el traje de Carolina Herrera reducido a un uniforme de mendigo. Me da igual, necesito coger ese avión o no sobreviviré más de 32 minutos en esta selva. Por supuesto los de TAP se han ido a la escuela de samba pero no todos, uno se ha despistado y ronda por el puesto de venta de billetes. Me abalanzo sobre él que, afortunadamente sí habla inglés (colijo que debe ser portugués, que son los que hablan idiomas) y le cuento mi patética historia. “Es que el embarque ya está cerrado”. “Por favor, por favor, por favor, tengo que coger ese avión, tengo el check-in hecho y además voy en business class En fin, no sé si fue lo del bisnes o mi cara de angustia y mi patética presencia de traje sudado y camisa arrugada lo que ablandó al individuo que cogió la radio y contactó con el avión para que vinieran a buscarme. Al cabo de un rato apareció un fulano con paso tropical que tras varios intentos fallidos de conseguirme una tarjeta me hizo acompañarle a la carrera (le habían espoleado por el walkie) hasta el control de acceso. Tras una discusión con los guardias consiguió franquearme el paso. Se incorporó a la comitiva una bella señorita que se coaligó con el tipo que he mencionado para abreviar trámites y hacerme correr arrastrando la maleta. ¡Y venga sudores! Paso el control de seguridad donde me hacen sacar el ordenador de la bolsa, quitarme el cinturón y todo el show completo. Carrera hasta el control de inmigración que debió resultar frustrante para la funcionaria porque no le dejaron hacerme ninguna pregunta surreal ni pedirme ningún documento anodino. Finalmente franqueo la puerta de embarque y, acompañado en todo momento por la amable señorita que agita la fusta para urgirme, me meto en una furgoneta que me lleva al pie del avión.

Sudado pero contento me he derrumbado en el asiento, me he desecho de la chaqueta, de la corbata y de los zapatos y aquí estoy, escribiendo mis aventuras para solaz y regocijo de familiares, amigos y conocidos, alguno de los cuales entornará los ojos y se reirá de mi sudor fácil y de mi cara de angustia. Es bueno viajar en business.
Este es el principio y el fin de Brasil, a la que rascas un poco se acabó el brillo. Si esto son los "BRICS" que nadie se sorprenda el día que el edificio se venga abajo con gran estrépito.

6 comentarios:

  1. Joder Alfredito,lo que no te pase a ti.., yo he volado varias veces cn tap de madrid a ny y siempre muy bien.....

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  2. Colijo de tu blog-entrada que por tu voluntad no vas a volver a sambolandia.

    Aprovecho la oportunidad que me brindan los medios para transmitirle a P que estoy petao de curro y que se que le debo un quedar pa café. Y que además soy consciente de que el prota de estas lineas y un seguro servidor tienen que un dia tomar alguna cerveza para congeniar

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  3. Joder Alfredinho, que mal no? jajajajaja. Bueno si que es verdad que me has hecho reír y llorar un buen rato. Bueno, al menos las brasileras estarían buenas no???

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  5. Vayamos por partes, que para todo tengo respuesta:

    Para Paula:

    Con la TAP mucho problema no he tenido más allá de esa tontería de desaparecer de los aeropuertos cuando los necesitas pero vamos, no mucho más. De todas formas a alguien que va con dos horas y media (si no más) de antelación a coger el avión en el aeropuerto de Pamplona no hay quien le trate mal. Ya me hubiese gustado ver a los Pérez-Nievas de Serrano y Navas de Cizur de Enmedio metidos en semejante berenjenal, seguro que habíais cargado contra el control de pasaportes y atravesado tabiques con el carrito del equipaje hasta llegar al avión. Un día cuento la del Santi haciendo cola para subir al tren que tenía que llegar en 10 minutos mientras nosotros le contemplábamos sentados en la terraza del bar de la estación situado lo menos a 15 metrazos de donde él estaba.


    A Fernando (de la Iglesia)

    Efectivamente nos tienes contentos. Hay que fijar prioridades en la vida y el apartado social es importante. Poner comentarios en los blogs también. Por cierto, que sepas que lo siguiente que va a expropiar la señora presidenta de Argentina es telefónica con la excusa de que funciona como el culo (supongo que el culo estreñido) lo cual no deja de ser cierto, mi teléfono funciona en Argentina como el culo, mucho 3G y mucho GPRS pero luego nada de nada.


    A Fernando (de la Usera)

    Chungo, chungo. He sabido después que si llego a perder ese vuelo no me había podido personar en Madrid hasta el sábado por la tarde, menos mal que en ese momento ignoraba ese tema porque los sudores se habrían multiplicado ciento.

    Las brasileñas son en general feuchas y malencaradas y de tetas grandes. En los aeropuertos no, ahí son guapas y de aspecto amable y conservan el volumen tetil pero no estaba yo para mucha broma.

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  6. Si ya decía yo que el aeropuerto de Philadelphia es una mierda. Ah no! Que no hablabas de Phily...
    Me he sentido identificado en bastantes cosas (en la del sudor y el bussines no)

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