Estoy en Buenos Aires, lugar que se está convirtiendo en una especie de ciudad adoptiva para mi porque me paso en ella buena parte de mi tiempo. En esta ocasión vengo con una modalidad nueva: En lugar de hacer dos viajes de a semana por mes, he decidido hacer uno pero más largo. No sé si repetiré o si volveré a la modalidad anterior, tengo que decidir qué me resulta menos agotador. El caso es que mi panorama bonaerense a cambiado un tanto, ahora es otoño con lo cual me libro de la enojosa alergia que padezco en esta época del año y que me colma de estornudos y de un intenso picor de ojos que siempre acaba por despertar la piedad de mi madre y el cachondeo de amigos y esposa. Además he escapado de los calores agobiantes de Madrid que según cuenta el telediario ya han cesado. Por si esto fuera poco, con esta distancia, la película de terror en que se está convirtiendo la economía de España parece una aventura de Sponge Bob. Pero lo que más, lo que más ha cambiado en mi entorno es que mi amigo JC se ha instalado en la ciudad y está un tanto solo porque recientemente ha consumado su divorcio y no ha encontrado mejor trabajo que este que tiene ahora, a 11.000 Km de Madrid.
JC es un señor ejecutivo, de esos que ganan pasta a espuertas. Tiene un pedazo de trabajo en una multinacional americana y disfruta aquí de un apartamento en el señorial barrio de Recoleta y un coche japonés bastante lujoso. El problema de JC es que no sabe estar solo. Los que por circunstancias de la vida nos hemos visto en condición de pasar periodos de tiempo de relativa duración en tierra extraña sabemos lo que es eso. La cosa se agrava cuando tienes cinco horas de diferencia con tu país porque los tuyos están en el mundo de los sueños precisamente a esas horas en que te sientes más solo y no te queda ni el consuelo de una llamada de teléfono. Normalmente uno se aguanta, hace deporte, lee o se va al cine y de esto no se ha muerto nadie. Eso le explico yo a JC que pasa el hombre sus crisis de ansiedad. El hecho de que yo esté viajando aquí con tanta frecuencia le anima bastante y ha retomado conmigo una intensa vida social que en realidad nunca tuvimos porque antes para mi JC era fundamentalmente el marido de I, con quien sí tenía más relación. JC es un tipo que se afana en exprimir las cosas a su alrededor pero como gran consumidor que es, las exprime para tomar un poquito del jugo y marchar a por la siguiente. No sé si se me entiende la metáfora. Digamos que es como pedir una cena de 14 platos, probar un poco de dos o tres y encargar 18 postres sin más. Esto es lo que viene a ser comportarse como un pijo, una situación que muchos alcanzan cuando desde su más tierna infancia han ido sobrados de recursos. Ojo porque aparte de todo esto, JC es un tío inteligente, buen profesional y buena persona, las cosas como son.
Con tales antecedentes, cuando he llegado este miércoles a la Capital del Plata, me he encontrado con un amplio programa de festejos y actividades sociales, a saber: miércoles cena, jueves carrera por la Avenida del Libertador (San Martín) y cena con Cristóbal y Ana (a ver si hablo de Cristóbal y Ana porque se merecen unas líneas), viernes cena y copas y hoy sábado llevo 10 Km de carrera Libertador arriba, Libertador abajo, visita al El Tigre, simpático municipio sito en el delta del Paraná, y el programa de actividades todavía incluye visionado de "El elefante blanco", última película protagonizada por Ricardo Darín en la que creo que no se menciona al Rey de España por más que el título lo sugiera, cena y más copas.
La cena del miércoles fue algo más o menos moderado, pedazo de carne que procuré que fuese pequeñito porque a mi tanta carne no... y después nos saltamos las copas porque yo acababa de llegar y estaba para poca fiesta. Eso sí, un vino muy rico. El jueves peor. 8 Km de carrera y después a conocer a Cristóbal y Ana que entre vino y vino acabamos íntimos. Cristóbal es un tipo que fue entre otras cosas directivo del PP, algo de contabilidad o no sé qué, y que en un momento dado, hastiado de la política y de la vida en general, se hizo hippy y se dedicó a viajar. Al parecer allá por Tahilandia conoció a Ana, una argentina alta y delgada (casi de 1.80 diría yo), con hechuras de hippy y con inquietudes artísticas y esotéricas. Viven los dos en Buenos Aires y se dedican a la vida contemplativa, exposiciones, fiestas, copas, cenas... Así da gusto. Él creo que está imputado en algo del Gürtel y la semana próxima va a declarar a Madrid. La cena fue en un local enormemente moderrrno del barrio de Palermo y hablamos poco de política -una pena- y mucho de esoterismo. Parece ser que estos le han recomendado a JC dos profesionales de interés, una adivinadora y una psicoanalista. En realidad son la misma cosa pero con distinto formato. JC que se pirra por ambas cosas se ha puesto en manos de las mentadas profesionales y está profundamente impresionado por los resultados. Ana defendía con mucha vehemencia las dos cosas, adivinación y psicoanálisis y yo, en un momento dado, no pudiendo aguantar más (el vino argentino está muy bueno y entra muy bien), solté aquello de que yo es que soy un científico y sólo me creo las cosas comprobables y con base racional que para mí no es el caso ni de la astrología ni del psicoanálisis. No hubo violencia, al contrario, creo que la pareja anfitriona celebró encontrar un opositor, alguien que no necesita ashuda profesional para aseptarse y convivir con los agujeros del alma. La esotérica Ana defendía la importancia y la dificultad de aceptarse uno a sí mismo y lo bueno que es tener un psicoanalista que te ayude en tarea tan ardua. Cristóbal asentía y apostillaba y salpimentaba con loas a la adivinadora que al parecer es un crack. Ganitas me daban de ir yo a consultarla. Lo del psicoanálisis sin embargo no lo entendí muy bien. El caso es que cuanto más trato con argentinos más sentido le veo a que tengan que psicoanalizarse, si yo fuera argentino estaría todo el día en el diván hablando de los agujeros de mi alma. Menos mal que como soy español los agujeros, cuando los veo, me los zurzo yo mismo en un rato pequeño. Dos botellas de vino más tarde nos fuimos cada uno a nuestro redil describiendo una simpática trayectoria sigmoide.
El viernes que dormí sin recurrir a la química (dormidina) me levanté con pocas ganas de comerme el mundo. Con pocas ganas en general. El hecho de que me recogiese a la puerta del hotel el remesero loco, contribuyó a devolverme la cordura y a evaporar los efectos de la resaca. El remesero loco es un conductor que me lleva del hotel al trabajo y viceversa. Un tío del estado de Misiones (allá por la selva) que se ganó la vida de camionero y que ahora conduce un remís con sus hermanos. Me comentó el angelito que él había llegado a poner un camión a 180 Km/h y me justificaba la lógica de tal atrocidad con que claro, el camión cargaba 40 toneladas y la carretera era cuesta abajo. Con tales antecedentes es fácil imaginar cómo conduce la criatura, es como un videojuego pero con el game over chungo total. Este es el malo, al hermano, que es el bueno, le pegué una voz conminándole a parar el coche en el paso a nivel en el momento en que se bajaba la barrera porque el tipo estaba acelerando para pasar antes que el tren.
En fin, estoy teniendo una estancia muy intensa. Ahora me toca hablar de mis aventuras ligando por Buenos Aires pero se me va a hacer muy larga la historia así que de momento lo dejo aquí y luego sigo. Ahora voy a aprovechar esta mañanita de domingo, antes de que me enganche JC, para dar una vuelta por el mercadisho de artesanías que he visto por aquí cerca yo solito, que a mi sí que me gusta estar solo de vez en cuando.
Tot ziens
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