Acabo de terminarme la novela “Guerra y Paz”, de León
Tolstoi. Me puse con ella siguiendo el consejo de una amistad mía que tengo yo
aunque mi amistad me recomienda que me lea “Anna Karenina”. Lo consideraré pero
no prometo nada porque la siguiente que he decido ensilarme, y yo puedo ser muy
cabezota, es “Los hermanos Karamazov” que si no me equivoco es de Dostoievski,
otro ruso. Yo nunca destaqué por ser un gran lector. Me gusta, claro, y siempre
he mantenido una cierta actividad en este terreno, pero no soy un empedernido
bibliófilo de los que se despachan un par de volúmenes por semana, ni mucho
menos. Además debo de tener algún impedimento psicomotriz que me hace leer
despacio. O lo mismo es que paladeo las palabras y me recreo construyendo las
imágenes en mi cabeza, vaya usted a saber. Cuando era mocito sí que leía más,
cuando me acostaba por sistema a las tres o las cuatro y me levantaba a medio
día, pero ya hace años que no me puedo permitir esos lujos. A eso debo añadirle
un gusto malsano hacia la televisión, gran consumidor de tiempo, del que me
estoy tratando a mi mismo con un resultado razonablemente bueno he de decir.
Pues andaba yo en este limbo intelectual cuando mi santa que debutó hace unos
años con una querencia notable hacia la tecnología y que lleva ya tiempo en una
Santa Cruzada contra el libro de papel, dio en regalarme un libro electrónico.
Yo andaba un poco escéptico al respecto aunque debo reconocer que era
fundamentalmente para dar por saco con la mamarrachada de la cosa romántica del
papel y demás; además así le doy otra oportunidad más a mi amigo J de ponerme a
caer de un burro con mi “trogloditismo tecnológico”. A raíz de tener el libro
electrónico como que me dio por leer. Como no pesa y no estorba,
me lo llevaba a todas partes. Me pegaba unas leídas espectaculares en los
aviones que me llevaban y me traían de Buenos Aires, en la piscina de casa,
esperando el autobús… Mi libro me lo llenaron de novelas, unas elegidas por mi
y otras recomendadas, y me las empecé a deglutir una tras otra con lo que se
viene a identificar como el ansia viva. Cuando leía libros de papel y se me
acababan me daba así como una pena y una sensación de que había perdido algo
que tardaría tiempo en reponer pero con el libro electrónico no, con el libro
electrónico termino la novela, guardo cinco segundos de duelo recordando los
buenos ratos que pasamos juntos y me abalanzo a por la siguiente.
Este verano, cuando andaba yo escribiendo historias de
vecinos imaginados con amantes rusas, presa de mi habitual despiste, estaba yo
en la piscina y dejé mi libro electrónico bajo la pata de la sillita de playa
en la que me instalo a leer (otra mala influencia de mi santa que me está
convirtiendo en un jodido burgués). Al regresar del chapuzón de ordenanza me
senté en mi sillita y espachurré mi electrolibro que tenía en plena lectura de
“El abuelo que saltó por la ventana y se largó”, una novela muy recomendable de
un sueco que ahora no recuerdo. Aquello fue un drama. Media pantalla dejó de
verse y por más que intentaba, la historia quedaba como descafeinada leyendo
sólo medias páginas. Así empecé a mendigar primero y a apropiarme después el
libro electrónico de la compañera que ante mi amenaza de que me iba a empezar a
comprar las novelas en papel llenando así la casa de trastos, cedió. Algún
tiempo después mis amigos me regalaron un nuevo libro electrónico último modelo
con motivo de mi cumpleaños. Es en este que me he cepillado “Guerra y paz”.
Creo que es un ladrillo bastante gordo pero no puedo saberlo y mejor porque
siendo mal lector como soy, los libros gordos siempre te echan un poco para
atrás. Encima puedo regular el tamaño de la letra lo cual me da un poco de
tregua antes de tener que contrarrestar los efectos de la presbicia con unas
simpáticas gafas.
A todo esto yo lo que quería era hablar de la novela de
Tolstoi, no de mis intimidades. Es que siempre acabo igual. Pues eso, que la he
disfrutado mucho leyendo sobre esos pedazos de salones en los que se reunía la
buena sociedad de la Rusia Imperial, de sus pasiones y de su constreñimiento social.
Empecé sufriendo con la pobre “pequeña princesa”, la esposa del atormentado
príncipe Andrei Nikolaievich Blonski, que termina pasando su embarazo en la
finca campestre de los Blonski, con el capullo integral de su suegro, el viejo
príncipe, su pobre atormentada cuñada María, que la quiere mucho pero que se
encuentra completamente anulada por su padre que la trata como una auténtica
mierda y que la tiene completamente comida la moral y con damas de compañía y servicio en general. Toda la historia gira en
torno a las familias Rostov y Blonski, con la participación de Pedro, hijo
natural del conde Bezhukov que llega a Moscú como un pobre chaval, un poco
zafio él, y termina convertido en el hombre más rico de Rusia al ser reconocido
como hijo legítimo y único heredero de su padre. El libro entero es una
sucesión de fiestas, bailes, batallas y alguna que otra miseria cuando los
ricachos protagonistas empiezan a darse de bruces con la realidad. Sufrí mucho
con la muerte por sobreparto de la pequeña princesa, con el compromiso tan
débil entre Nicolás Rostov y su prima Sonia, con el sentimiento de culpa de
María Blonski ante la muerte de su insufrible padre… Y finalmente a gozar como
una bestia cuando se me casan los buenos de la historia, a saber, Pedro con
Natacha Rostov y la princesa María Blonski con el pobre conde Nicolás Rostov,
este último un casamiento muy sufrido por cuanto el joven conde ha tenido que
asumir la ruina económica de la familia acarreada por su padre, el viejo conde
Ilia, y se ha tenido que poner a currar en lugar de
seguir de militar que es lo que a él le gustaba. Pero ya digo, acaba todo bien
y da mucha alegría.
![]() |
| El príncipe Andrei Blonski intentado hacerse matar en la batalla de Austerliz |

Puesto a contar, voy a contar yo también. Tengo libro electrónico desde hace bastante tiempo y debo decir que queda bastante bien puesto en la mesita baja del salón. Creo que solo me lo llevé en una ocasión que tenía que volar a Singapur y me juré que lo haría con una maleta de cabina. Como soy tozuda un modo de aliviar espacio y peso fue ese. Pero soy una romántica, o una antigua, según se mire. Sigo comprando libros de papel,en mi bolso puedes encontrar dos, y sobre la mesilla de noche otro buen par. No lo puedo evitar. Tomo notas, escribo en los márgenes, sujeto las páginas con horquillas para el pelo y esas cosas que,pueden parecer ridículas pero que dan mucho juego, sin ir más lejos este comentario.
ResponderEliminar"Guerra y paz" puede que sea, por la historia que lleva, un culebrón, pero lo que lo convierte en un clásico no es eso, ni que nos molen los culebrones (Confieso que un verano me trague "Yo soy Bea") sino que ese libro es capaz de transportarte hasta el mismísmo campo de batalla, a bailar un vals, a sentir el tacto de la seda del vestido de las princesas, e incluso a oler el pollo asado que tomaba Napoleón en su campaña en Rusia. Es por eso, y por todo lo que muestra y no dice que se ha convertido en un clásico.
En fin, después de este rollo supongo que acabo de quedar de lo más pedante, cosa que me preocupa bastante poco. Pero para aliviar ese extremo confesaré que en su día eché un vistazo a "Las 50 sombras de Grey" una horterada como cualquier otra pero que nos hace más humanos y me permitió criticarla hasta quedarme muda.
Feliz domingo.
Pues te voy a decir que lo de los libros de papel en tu caso está probablemente prestándote un servicio en cuanto al ejercicio físico inherente al acarreo de una carga. Me sugiere además que bien llevas bolsos terciaditos o lees ediciones de bolsillo. Pero de bolsillo de verdad, con su letra pequeña para que lleven pocas páginas y su encuadernación en rústica.
EliminarYo no soporto los culebrones televisados. De un tiempo a esta parte tampoco soporto los culebrones cinematográficos con lo que por más que defina "Guerra y paz" como culebrón, doy por hecho que algo más debe tener porque me ha encantado, me lo he pasado como un enano con su lectura y le agradezco la recomendación a la amistad que me lo recomendó.