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sábado, 22 de junio de 2013

Las reglas del juego

Últimamente he dejado un poco de lado mi entorno diario y eso que ha cambiado significativamente con esto de haberme venido a vivir a Roma. Como no podía ser de otra manera en los dos meses que llevo aquí, me he volcado en analizar la italianidad, la romanidad y todas esas cosas. Siempre comparando con lo mío y, como buen españolito, haciendo lo posible por ver que lo mío es mejor. Difícil tarea en este momento que lo nuestro sea mejor que cualquier otra cosa, pero ahí vamos. Siendo los italianos una gente del sur y con esa reputación que tienen, merecida sin ninguna duda, uno tiende a pensar que los españoles tenemos posibilidades de estar objetivamente por encima de ellos. El caso es que según los indicadores económicos nunca fue así, siempre estuvieron ellos por encima de nosotros. Ahora que voy conociendo el país y los paisanos estoy dispuesto a apostar a que los indicadores económicos están falseados y que el que los controla ha sido engañado si es belga o sobornado si pertenece a cualquier otra nacionalidad europea. Cuento un poco porque imagino que si bien la mayoría de quienes me leen conocen esto, también imagino que la mayoría lo conocen como turistas ya sea intencionados o accidentales.

Una cosa que me llama la atención desde un primer momento es la escasa relevancia de la tecnología entre los italianos. El otro día estaba en un café con un colega inglés y comentábamos esto mismo. Él atrajo mi atención sobre el hecho de que nadie, absolutamente nadie, estaba sentado en aquella terraza con su ordenador personal, i-pad, i-pod o cualquier otra i-zarandaja de las que estamos tan colgados en España o en otros lugares de este mundo civilizado que habitamos. Es verdad, les importa un comino. En mi casa romana tengo una conexión a Internet que es la más potente que se puede contratar en Italia. Ya quisiera tener la potencia que tiene mi conexión de Ono en Madrid que no es ni mucho menos lo más potente que se puede contratar en España. Es más, me contaban ayer que a pocos kilómetros de Roma no hay manera de conectarse a la red y que los 3G van así, así. Esta “atecnologicidad” parece ser que es algo que los propios italianos llevan a gala porque aquí lo importante es la Historia, el Arte, la Historia del Arte y por supuesto, la música. En un trabajo como el mío que tira mucho de nuevas tecnologías esta falta de interés llega a convertirse en un problema; cuando intentas introducir los análisis de multivariables y cosas así en un entorno que se mantiene en la época de Camile Golgi (compartió el Nobel de medicina con Santiago Ramón y Cajal), las cosas se ponen un poquito cuesta arriba.

Otro tema interesante es el famoso diseño, el diseño italiano. En este campo he de decir que los italianos son bipolares, me explico. Hacen una ropa bastante chula, la mayoría parecen tener un magnífico gusto estético de manera natural (y no restringida a las clases pudientes). Los coches son mayoritariamente bonitos, ahí están los Alfa Romeo (me encannnntan), los Ferrari, Lamborghini y demás monerías automovilísticas y en estas se te descuelgan con un engendro como el Fiat Múltipla, uno de los coches más feos que he visto en mi vida, parece el coche del Topo Giggio. Y el caso es que es algo universalmente aceptado que “la mutipla” es un coche horroroso pero ahí lo tienes, circulan unos cuantos. Con las mismas, de vez en cuando te cruzas cada hortera de bolera que te puede dar algo pero no se ven chonis, ni pokeros ni esas cosas que hay por nuestros lares.

Más temas curiosos: la playa. Como soy muy de playa decidí darme una vuelta por el Lido de Ostia, que es la playa de Roma. Yo esperaba un paseo marítimo, una playa de arena, italianos, algún turista, el puesto de helados… en fin, lo normal en estos casos. Para nada. Resulta que la playa de Ostia está toda ella dividida en sectores en los que te plantan cabinas, sombrillas y tumbonas y a los cuales se paga por acceder. Claro, como la costa es de propiedad pública y no tener acceso franco sería un delito, cada tanto uno de estos sectores es lo que llaman “spiaggia libera” y es el punto en el que puede entrar cualquiera, aposentar sus reales y disfrutar de la cosa marinera. Para que se haga uno una idea, la playa de Torrevieja un domingo de agosto, viene a ser lo más parecido a uno de estos sectores de playa libre con la salvedad de que esto que cuento era en mayo, no en agosto. En agosto volveré para sacar una foto y publicarla.

Pero donde los italianos dan sin duda más juego es en ese terreno que nos retrata tan bien a todos, italianos o no: la conducción. En la conducción italiana intervienen dos factores, el trazado y mantenimiento de las vías y los conductores. El trazado de las carreteras italianas, sus indicaciones, los arcenes y demás me hacen pensar en la existencia de una escuela de urbanismo luso-italiana porque todo recuerda muchísimo a las horrorosas carreteras portuguesas. Ocurre que de vez en cuando te encuentras un tramo de autopista decente o una incorporación en condiciones pero eso viene siendo la excepción. Para completar el cuadro las vías públicas cuentan con una espléndida colección de baches y agujeros que sugieren que no hubo tiempo de reparar los desperfectos causados por la guerra del 39. Tampoco sería extraño que desde entonces se encontrase reunida una comisión permanente discutiendo sobre la manera más adecuada de reparar las vías sin que por el momento se haya podido alcanzar el consenso, en Italia somos así. Los conductores por su parte son un atajo de inconscientes como no había visto jamás. Los límites de velocidad son un tema superfluo y accesorio que no respeta ni la policía, el “ceda el paso” lo interpretan como un “aprópiese del paso”, un “stop” es un “to palante con un par” y todo en este plan. Yo al principio me indignaba mucho porque en mi ciudad por cualquiera de las cosas que se hacen aquí de forma habitual tienes pitada, bronca y si pillas a uno lo suficientemente tarado te pueden descerrajar un tiro, no sería el primer caso. Aquí no, aquí todas estas tropelías y otras mucho más gruesas son habituales y el que no las practica es porque no ha sido suficientemente listo. Ser listo en Italia es una virtud muy valorada, como lo era en la Grecia Clásica. Los italianos tienen toneladas de leyes, millones de normas y reglamentaciones exhaustivas ad nauseam y no respetan casi ninguna, en eso consiste el juego aquí, esa es la llave de su feliz supervivencia y la causa de que no sean capaces de acometer una empresa grande o de tener una prosperidad nacional como los escandinavos, por ejemplo. En fin, aquí al menos se sabe por qué es, por indisciplinados, no como lo nuestro que es por choriceo y nada más.


Otro día escribo sobre tías.

La playa en Ostia

4 comentarios:

  1. puessssss... joder. Ya hemos reservado hoteles para ir a visitar la bota. Espero que por el norte sean un poco mas civilizados

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    1. Es relativo. En el norte son más normales si bien no hay que olvidar que no hace muchos años Milán fue considerado el lugar más corrupto del mundo por los propios italianos. Eso era antes de que se supiera lo nuestro, claro, ahora ya nadie se atreve a hacernos la competencia. Sea como fuere también mantienen un notable nivel de indisciplina. A mi en su día me quisieron tangar en un hotel de Florencia con una habitación de mierda y tuvieron el papo de decirme que claro, cogía el paquete barato y luego quería lujos... En lugar de calzarle dos hostias al imbécil aquel me limité a llamar a la agencia de viajes de El Corte Inglés y al día siguiente teníamos una habitación estupendísima. Espero que hayáis reservado con ECI o similar, claro que con lo jipis que sois vosotros...

      Si vais a pasar por Roma me aviséis, porfa.

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  2. pues hemos ido a un clasico: Novotel. Todo estandar. Lo esperable (espero)

    Of course, si bajamos a Roma avisamos, aunque nos pilla un oco retiraos

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    1. El Novotel es lo que tiene, un estándar. Si pasas por Roma serás bienvenido y más.

      Besos

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