Algunas cosas en la vida se resisten a cambiar. Cada uno
tenemos las nuestras y con nuestro consentimiento o sin él terminan por ser
características que nos definen a los ojos de los demás y por las que en algún
momento acabamos por ser reconocidos o recordados. Siendo así no nos extraña
oír hablar del hombre que susurraba a los caballos, el ponente que aburría a
las ovejas o el pringao aquel que no tenía más que líos en los aviones. Efectivamente,
el pringao en cuestión soy yo. Sigo viajando en avión con frecuencia. Ahora la
distancia cubierta es menor pero la frecuencia hasta el momento viene siendo
mayor: en lugar de dos veces al mes a Buenos Aires, una vez a la semana a Roma.
Hoy estoy en ello, en este preciso momento estoy en ello, en el IB3237 de
Roma-Fiumicino con destino a Madrid-Barajas. Lo primero de todo quiero dar las
gracias públicamente al dios de la tecnología que me permite aislarme del
entorno cual ostra en su concha mediante la introducción en las orejas de los
auriculares de mi iPod que me preserva del ruido ambiental (ahora mismo suena
una canción preciosisma que se titula
"Bang on the ear", de The Waterboys" – click sobre el título y te mando al
Youtube para que la escuches si quieres) y la inserción de mis neuronas en mi
súper-ordenador MacBook Air que me permite ignorar cualquier otra cosa
incluidos mi compañero de asiento o la vacaburra de delante que ya me ha
intentado espachurrar echando el respaldo hacia atrás.
Dicho esto paso a una segunda reflexión antes de entrar en
faena: Hay herencias que son una putada. Me refiero a herencias genéticas,
concretamente a la de los argentinos. Poner a parir a los argentinos es una
costumbre extendida, especialmente en Latinoamérica y diría yo que bien
fundamentada. Es normal porque los actuales argentinos son genéticamente
descendientes de los españistanos y de los italianos, es decir, de lo peor. Si
tú coges una tierra virgen, únicamente habitada por tribus indígenas y la inoculas
con una mezcla de ingleses y alemanes el resultado es un país grande, poderoso,
organizado, rico, disciplinado y educado, con los indígenas debidamente
exterminados o reducidos al alcoholismo o al absurdo que se llama Estados
Unidos. Si la tierra virgen la inoculas con una mezcla de españistanos e
italianos a partes iguales lo que consigues en una porción inenarrable de caos
y desbarajuste en la que se exterminó brutalmente a los indígenas pero no se
cuenta, en la que la chulería, la ineficacia y la autosuficiencia rebosan por
todos lados y en la que no se puede uno fiar de nadie y eso se llama Argentina.
Si la Argentina hubiese sido construida por digamos, una combinación de
luxemburgueses y portugueses probablemente no se pareciese en nada a lo que es en
la actualidad y la conoceríamos como Acelgolandia o Puerroland muy
probablemente y sería un país tristísimo y sosísimo.
Pues esta reflexión viene al hilo de que viajo en un avión
gestionado (es un decir) por la compañía española “de bandera” – de bandera a
media asta- y procedente de un aeropuerto gestionado (otro decir) por la
autoridad aeroportuaria italiana. El avión tenía que haber salido a las siete y
diez de la tarde pero ya en el mostrador me avisaron de que llevaba “un poco de
retraso”, que estaba previsto a las 19:35. En fin, me pondré al día con la
prensa en la sala busines a la que
tengo acceso franco gracias a mi bendita tarjeta oro de Iberia Plus a la que en
unos meses empezaré a echar de menos terriblemente. Tras estudiarme El País y
analizar en profundidad El Mundo – el ABC lo he dejado sin tocar, no tenía la
tarde para comics- y visto que los paneles desinformadores no decían ni “mu” he
decidido lanzarme a la aventura y acercarme yo solito a la puerta de embarque,
la C-10 concretamente. La he reconocido enseguida, sin necesidad de mirar el
número, gracias al tumulto vociferante que asediaba el punto de control y las
caras de “pa la mierda que me pagan” del personal de tierra que se parapetaba
como buenamente podía tras los lectores de códigos de barras para resistir a la
horda enardecida que pugnaba por acceder al avión. Por algún motivo me vino a
la cabeza la dichosa frase de Máximo Décimo Merodio (el prota de “Gladiator”)
“Hay que saber cuando se es conquistado”.
Como suele ocurrir en estos casos el acceso es doble, uno
rápido para los capullos a los que les pagan Business y para los felices
poseedores de la tarjetita dichosa y otro para la chusma. Ni que decir tiene
que, rota la primera línea de defensa precariamente organizada por los
empleados de Iberia, la turba se colaba por cualquier hueco disponible con
ánimo de precipitarse por el mágico pasillo conducente al ingenio volador que
habría de obrar la magia de dejarnos en nuestro destino al cabo de un par de
horas. La ansiedad provocada por el retraso del vuelo incentivaba el ingenio de
los sitiadores. Una de las habilidades que retengo de mis tiempos de esquiador
es la de trazar el camino más corto hacia un acceso congestionado, en aquel
tiempo el remonte, hoy el control de acceso al que he llegado blandiendo mi
tarjeta de embarque con la parte que dice “PRIORITY” bien visible junto a mi
pasaporte. La joven despeluznada y con cara de angustia que guardaba el acceso
me ha dado entrada rápidamente y me he precipitado por el pasillo para
descubrir - ¡oh dolor! – que al final en lugar de avión había unos malditos
autobusitos en uno de los cuales me he introducido, luego adocenado y
finalmente hacinado, a medida que más y más viajeros conseguían cruzar esa
Puerta de Tanhausser que era el control.
Era una tarde de primavera en el Lacio. Durante la mañana
había llovido copiosamente e incluso había hecho fresco pero a medio día el
panorama cambió, el sol asomó tímidamente al principio y con más decisión
después de manera que la temperatura subió y el agua de los espectaculares charcos
se evaporaba con ahínco y determinación creando una atmósfera que de no ser
porque en lugar de plantas carnívoras la vegetación la protagoniza el pino
piñonero, te haría pensar que estás en el Mato-Grosso. Un autobús cargado de
seres humanos espera la orden de partida para dirigirse al pie de un avión.
Dentro del autobús un tipo grande, con aspecto de pijo-chulo, vistiendo una chupacuero marrón y escondido tras unas
gafas de sol, espera sin realizar el más mínimo gesto la salida del autobús.
Junto a él una pareja le comprime contra una barra, ella le pisa. Enfrente hay
un niño pequeño haciendo monerías en los brazos de su madre a la que parece
dispuesto a despojar de la blusa. Entre ella y la ventanilla el padre de la
criatura habla sin cesar por el móvil, un tipo que lo ves e inmediatamente te
preguntas como un tío tan feo puede tener un hijo tan mono. La gente le ríe las
gracias al niño, el tipo grande con chupa de cuero y gafas de sol no; es un
rancio y un desagradable. O quizás está disecado porque el carrito del niño le
aprieta el costillar y le pasa por encima del pie sin que cambie el gesto. Hace
calor. El tipo siente como el sudor se condensa en su frente y en sus
parietales hasta formar gotas que le resbalan por la cara. La temperatura
sobrepasa sin duda los 26 grados y la humedad el muchos por ciento. El motor
está parado y el aire acondicionado también. El tipo se acuerda de aquella
película en la que Schilinder hace que los soldados de las SS rieguen un tren
cargado de judíos como si fuera una gracia. El tipo grande es que ha visto
muchas películas.
Finalmente el primer autobús recibe autorización para salir.
Tras unos interminables minutos el nuestro arranca el motor, cierra las puertas
y… no enciende el aire o sí lo enciende pero como si no porque no llega ni una
leve brisa. El autobús se pone en marcha y comienza un largo recorrido por
Fiumicino. Tan largo que en algún momento llego a pensar si no será que me han
dado un billete de autobús y no de avión. Llegados a la altura del avión de
Iberia el conductor no encuentra hueco para aparcar, algo bastante corriente en
Roma con lo que decide darnos una vuelta que dispara el ingenio de los
pasajeros. Una mujer argentina, al ver que enfilamos una recta próxima a las
pistas de despegue se empieza a reír y grita “¡abróchense los cinturones que
despegamos!”. El padre del niño, españistano de pura cepa, grita unos
exabruptos convenientemente salpimentados con unas palabras malsonantes
reclamando el aire acondicionado. Completada la segunda vuelta el conductor
decide aparcar en segunda fila gracias a lo cual consigo bajar y recuperar el
resuello. Me subo por la puerta trasera, tengo el asiento 27A, y en el camino
me devuelven la chulería del acceso prioritario una manada de argentinos e
italianos que me pasan por encima para subirse al avión antes que yo y tomar
así ventaja en la despiadada lucha por el espacio en el maletero que ya se ha
iniciado a bordo. En realidad me importa un carajo, viajo con una mochila
mínima y agradezco el aire fresco.
Y aquí estoy, descendiendo hacia Madrid, en mi burbuja de
música y escritura, contando mis tontas peripecias a quien me quiera leer. El
piloto nos ha dicho que hemos salido tarde porque ha habido un problema con el
camión del fuel. Mejor no saber…
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| Obsérvese lo que le hace a uno tanto avión |

Virgen santa!!! Menos mal que últimamente lo que frecuento es el AVE (lo de la evaporación de los charcos, chapeau)
ResponderEliminarEstá en mi. Si viajase en AVE estoy convencido de que el AVE sería un desastre.
EliminarLo de las charcos es porque estos romanos inventaron el alcantarillado, hicieron algo espectacular y les quedó tan bien que no lo han tocado en 2000 años por si acaso. Y claro, ya no es lo mismo.
En realidad la frase es de Quintus, y es: La gente debería saber cuando ha sido conquistada. A lo que Maximo Decimo Meridio (no Merodio) contesta: Los sabrías tú, Quinto? Lo sabría yo?
ResponderEliminarMuy precisa y procedente la nota del doctor Carlos, como no podría ser de otra manera. En lugar de escribir esto:
EliminarPor algún motivo me vino a la cabeza la dichosa frase de Máximo Décimo Merodio (el prota de “Gladiator”) “Hay que saber cuando se es conquistado”
Lo correcto habría sido escribir así:
Por algún motivo me vino a la cabeza la dichosa frase de Quintus, el asistente de campo de Máximo Décimo Meridio, el protagonista de Gladiator, "La gente debería saber cuando ha sido conquistada".
Pero mira, la oración me salía muy larga y no reforzaba la imagen de vorágine en el punto de control que quería transmitir. Reconoce que lo has visualizado y que te has reído.
Esto lo escribes para desalentar a los que pensamos ir a Roma a hacer una visita a la familia....
ResponderEliminarPd.- ¡ Què bonita frase la de Maximo mon amour!
Es muy hermosa la frase de máximo. Esa peli es de las que no tienen desperdicio. El otro día paseaba por el Coloseo y me acordaba de Máximo.
EliminarEsa cara animosa mientras viajas en avión, me recuerda a mi estado estilo autómata cuando me dirijo al trabajo en coche cada mañana. Hoy ha sonado en la radio "Come on Eileen" de Dexys Midnight Runners y ha sido como un chute brutal de energia (aunque ha durado poco).
ResponderEliminarOtra vez logras enfocar un tema a priori rutinario y con poca chicha, en formato peli de 007.
Gina
Muchas gracias Gina. Es que me he propuesto firmemente convertir mi vida vulgar de individuo corriente de clase media en una fuente inagotable de aventuras. Se hace lo que se puede.
ResponderEliminarLas fotos son de mis viajes a Argentina. Así me quedaba después de 13 horas de vuelo nocturno en clase turista, habiendo dormido 4 a golpe de Dormidina. La mejor es la de abajo a la izquierda en la que aparezco decorado con un pelo de la barba que se me enquistó y me hizo un desaguisado curioso. Afortunadamente al cabo de los días se me quitó y recuperé mi cutis suave como culo de bebé.