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viernes, 17 de mayo de 2013

Constantes vitales


Algunas cosas en la vida se resisten a cambiar. Cada uno tenemos las nuestras y con nuestro consentimiento o sin él terminan por ser características que nos definen a los ojos de los demás y por las que en algún momento acabamos por ser reconocidos o recordados. Siendo así no nos extraña oír hablar del hombre que susurraba a los caballos, el ponente que aburría a las ovejas o el pringao aquel que no tenía más que líos en los aviones. Efectivamente, el pringao en cuestión soy yo. Sigo viajando en avión con frecuencia. Ahora la distancia cubierta es menor pero la frecuencia hasta el momento viene siendo mayor: en lugar de dos veces al mes a Buenos Aires, una vez a la semana a Roma. Hoy estoy en ello, en este preciso momento estoy en ello, en el IB3237 de Roma-Fiumicino con destino a Madrid-Barajas. Lo primero de todo quiero dar las gracias públicamente al dios de la tecnología que me permite aislarme del entorno cual ostra en su concha mediante la introducción en las orejas de los auriculares de mi iPod que me preserva del ruido ambiental (ahora mismo suena una canción preciosisma que se titula "Bang on the ear", de The Waterboys" – click sobre el título y te mando al Youtube para que la escuches si quieres) y la inserción de mis neuronas en mi súper-ordenador MacBook Air que me permite ignorar cualquier otra cosa incluidos mi compañero de asiento o la vacaburra de delante que ya me ha intentado espachurrar echando el respaldo hacia atrás.

Dicho esto paso a una segunda reflexión antes de entrar en faena: Hay herencias que son una putada. Me refiero a herencias genéticas, concretamente a la de los argentinos. Poner a parir a los argentinos es una costumbre extendida, especialmente en Latinoamérica y diría yo que bien fundamentada. Es normal porque los actuales argentinos son genéticamente descendientes de los españistanos y de los italianos, es decir, de lo peor. Si tú coges una tierra virgen, únicamente habitada por tribus indígenas y la inoculas con una mezcla de ingleses y alemanes el resultado es un país grande, poderoso, organizado, rico, disciplinado y educado, con los indígenas debidamente exterminados o reducidos al alcoholismo o al absurdo que se llama Estados Unidos. Si la tierra virgen la inoculas con una mezcla de españistanos e italianos a partes iguales lo que consigues en una porción inenarrable de caos y desbarajuste en la que se exterminó brutalmente a los indígenas pero no se cuenta, en la que la chulería, la ineficacia y la autosuficiencia rebosan por todos lados y en la que no se puede uno fiar de nadie y eso se llama Argentina. Si la Argentina hubiese sido construida por digamos, una combinación de luxemburgueses y portugueses probablemente no se pareciese en nada a lo que es en la actualidad y la conoceríamos como Acelgolandia o Puerroland muy probablemente y sería un país tristísimo y sosísimo.

Pues esta reflexión viene al hilo de que viajo en un avión gestionado (es un decir) por la compañía española “de bandera” – de bandera a media asta- y procedente de un aeropuerto gestionado (otro decir) por la autoridad aeroportuaria italiana. El avión tenía que haber salido a las siete y diez de la tarde pero ya en el mostrador me avisaron de que llevaba “un poco de retraso”, que estaba previsto a las 19:35. En fin, me pondré al día con la prensa en la sala busines a la que tengo acceso franco gracias a mi bendita tarjeta oro de Iberia Plus a la que en unos meses empezaré a echar de menos terriblemente. Tras estudiarme El País y analizar en profundidad El Mundo – el ABC lo he dejado sin tocar, no tenía la tarde para comics- y visto que los paneles desinformadores no decían ni “mu” he decidido lanzarme a la aventura y acercarme yo solito a la puerta de embarque, la C-10 concretamente. La he reconocido enseguida, sin necesidad de mirar el número, gracias al tumulto vociferante que asediaba el punto de control y las caras de “pa la mierda que me pagan” del personal de tierra que se parapetaba como buenamente podía tras los lectores de códigos de barras para resistir a la horda enardecida que pugnaba por acceder al avión. Por algún motivo me vino a la cabeza la dichosa frase de Máximo Décimo Merodio (el prota de “Gladiator”) “Hay que saber cuando se es conquistado”.

Como suele ocurrir en estos casos el acceso es doble, uno rápido para los capullos a los que les pagan Business y para los felices poseedores de la tarjetita dichosa y otro para la chusma. Ni que decir tiene que, rota la primera línea de defensa precariamente organizada por los empleados de Iberia, la turba se colaba por cualquier hueco disponible con ánimo de precipitarse por el mágico pasillo conducente al ingenio volador que habría de obrar la magia de dejarnos en nuestro destino al cabo de un par de horas. La ansiedad provocada por el retraso del vuelo incentivaba el ingenio de los sitiadores. Una de las habilidades que retengo de mis tiempos de esquiador es la de trazar el camino más corto hacia un acceso congestionado, en aquel tiempo el remonte, hoy el control de acceso al que he llegado blandiendo mi tarjeta de embarque con la parte que dice “PRIORITY” bien visible junto a mi pasaporte. La joven despeluznada y con cara de angustia que guardaba el acceso me ha dado entrada rápidamente y me he precipitado por el pasillo para descubrir - ¡oh dolor! – que al final en lugar de avión había unos malditos autobusitos en uno de los cuales me he introducido, luego adocenado y finalmente hacinado, a medida que más y más viajeros conseguían cruzar esa Puerta de Tanhausser que era el control.

Era una tarde de primavera en el Lacio. Durante la mañana había llovido copiosamente e incluso había hecho fresco pero a medio día el panorama cambió, el sol asomó tímidamente al principio y con más decisión después de manera que la temperatura subió y el agua de los espectaculares charcos se evaporaba con ahínco y determinación creando una atmósfera que de no ser porque en lugar de plantas carnívoras la vegetación la protagoniza el pino piñonero, te haría pensar que estás en el Mato-Grosso. Un autobús cargado de seres humanos espera la orden de partida para dirigirse al pie de un avión. Dentro del autobús un tipo grande, con aspecto de pijo-chulo, vistiendo una chupacuero marrón y escondido tras unas gafas de sol, espera sin realizar el más mínimo gesto la salida del autobús. Junto a él una pareja le comprime contra una barra, ella le pisa. Enfrente hay un niño pequeño haciendo monerías en los brazos de su madre a la que parece dispuesto a despojar de la blusa. Entre ella y la ventanilla el padre de la criatura habla sin cesar por el móvil, un tipo que lo ves e inmediatamente te preguntas como un tío tan feo puede tener un hijo tan mono. La gente le ríe las gracias al niño, el tipo grande con chupa de cuero y gafas de sol no; es un rancio y un desagradable. O quizás está disecado porque el carrito del niño le aprieta el costillar y le pasa por encima del pie sin que cambie el gesto. Hace calor. El tipo siente como el sudor se condensa en su frente y en sus parietales hasta formar gotas que le resbalan por la cara. La temperatura sobrepasa sin duda los 26 grados y la humedad el muchos por ciento. El motor está parado y el aire acondicionado también. El tipo se acuerda de aquella película en la que Schilinder hace que los soldados de las SS rieguen un tren cargado de judíos como si fuera una gracia. El tipo grande es que ha visto muchas películas.

Finalmente el primer autobús recibe autorización para salir. Tras unos interminables minutos el nuestro arranca el motor, cierra las puertas y… no enciende el aire o sí lo enciende pero como si no porque no llega ni una leve brisa. El autobús se pone en marcha y comienza un largo recorrido por Fiumicino. Tan largo que en algún momento llego a pensar si no será que me han dado un billete de autobús y no de avión. Llegados a la altura del avión de Iberia el conductor no encuentra hueco para aparcar, algo bastante corriente en Roma con lo que decide darnos una vuelta que dispara el ingenio de los pasajeros. Una mujer argentina, al ver que enfilamos una recta próxima a las pistas de despegue se empieza a reír y grita “¡abróchense los cinturones que despegamos!”. El padre del niño, españistano de pura cepa, grita unos exabruptos convenientemente salpimentados con unas palabras malsonantes reclamando el aire acondicionado. Completada la segunda vuelta el conductor decide aparcar en segunda fila gracias a lo cual consigo bajar y recuperar el resuello. Me subo por la puerta trasera, tengo el asiento 27A, y en el camino me devuelven la chulería del acceso prioritario una manada de argentinos e italianos que me pasan por encima para subirse al avión antes que yo y tomar así ventaja en la despiadada lucha por el espacio en el maletero que ya se ha iniciado a bordo. En realidad me importa un carajo, viajo con una mochila mínima y agradezco el aire fresco.

Y aquí estoy, descendiendo hacia Madrid, en mi burbuja de música y escritura, contando mis tontas peripecias a quien me quiera leer. El piloto nos ha dicho que hemos salido tarde porque ha habido un problema con el camión del fuel. Mejor no saber…

Obsérvese lo que le hace a uno tanto avión

8 comentarios:

  1. Virgen santa!!! Menos mal que últimamente lo que frecuento es el AVE (lo de la evaporación de los charcos, chapeau)

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    1. Está en mi. Si viajase en AVE estoy convencido de que el AVE sería un desastre.

      Lo de las charcos es porque estos romanos inventaron el alcantarillado, hicieron algo espectacular y les quedó tan bien que no lo han tocado en 2000 años por si acaso. Y claro, ya no es lo mismo.

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  2. En realidad la frase es de Quintus, y es: La gente debería saber cuando ha sido conquistada. A lo que Maximo Decimo Meridio (no Merodio) contesta: Los sabrías tú, Quinto? Lo sabría yo?

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    1. Muy precisa y procedente la nota del doctor Carlos, como no podría ser de otra manera. En lugar de escribir esto:

      Por algún motivo me vino a la cabeza la dichosa frase de Máximo Décimo Merodio (el prota de “Gladiator”) “Hay que saber cuando se es conquistado”

      Lo correcto habría sido escribir así:

      Por algún motivo me vino a la cabeza la dichosa frase de Quintus, el asistente de campo de Máximo Décimo Meridio, el protagonista de Gladiator, "La gente debería saber cuando ha sido conquistada".

      Pero mira, la oración me salía muy larga y no reforzaba la imagen de vorágine en el punto de control que quería transmitir. Reconoce que lo has visualizado y que te has reído.

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  3. Esto lo escribes para desalentar a los que pensamos ir a Roma a hacer una visita a la familia....
    Pd.- ¡ Què bonita frase la de Maximo mon amour!

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    1. Es muy hermosa la frase de máximo. Esa peli es de las que no tienen desperdicio. El otro día paseaba por el Coloseo y me acordaba de Máximo.

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  4. Esa cara animosa mientras viajas en avión, me recuerda a mi estado estilo autómata cuando me dirijo al trabajo en coche cada mañana. Hoy ha sonado en la radio "Come on Eileen" de Dexys Midnight Runners y ha sido como un chute brutal de energia (aunque ha durado poco).
    Otra vez logras enfocar un tema a priori rutinario y con poca chicha, en formato peli de 007.
    Gina

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  5. Muchas gracias Gina. Es que me he propuesto firmemente convertir mi vida vulgar de individuo corriente de clase media en una fuente inagotable de aventuras. Se hace lo que se puede.

    Las fotos son de mis viajes a Argentina. Así me quedaba después de 13 horas de vuelo nocturno en clase turista, habiendo dormido 4 a golpe de Dormidina. La mejor es la de abajo a la izquierda en la que aparezco decorado con un pelo de la barba que se me enquistó y me hizo un desaguisado curioso. Afortunadamente al cabo de los días se me quitó y recuperé mi cutis suave como culo de bebé.

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