Años después de estas experiencias, viviendo en Bélgica, en Flandes, un país plano donde los haya, nos compramos unas bicicletas para toda la familia en una maravillosa oferta del Carrefour. Para mi una enorme, negra, con una ruedecita que le permite siete posiciones distintas de piñones para graduarlas según la pendiente. P se hizo con una de aspecto tremendo, muy montañera, con no sé que barbaridad de marchas, lo menos 25 ó más que no sabe qué hacer con ellas. A las criaturas les compramos unas bicicletas pequeñitas, tambien con cambio, con las que casi se deja la vida el abuelo enseñándoles a montar. Así las cosas, un plan habitual para el fin de semana venía a consistir en un paseo en bicicleta a la orilla del canal o, en ocasiones, por los carriles ciclistas que suelen comunicar las localidades flamencas. La experiencia estaba bien si bien daba lugar a alguna que otra pelotera porque según P íbamos o muy deprisa o muy lejos o de manera muy temeraria o todo junto.
Tras haber pasado varios años en trasteros por el mundo, con una pequeña resurrección en Nantes, ayer volvieron a ver la luz las bicicletas. No las de los hijos porque ellos han crecido y como las bicicletas seguían igual iban a parecer Maguila Gorila subidos en ellas, así es que las regalamos. Las nuestras no, las nuestras seguían ahí, así es que a instancias de P, las sacamos del trastero para hacer un recorrido por el anillo ciclista, por aquello de disfrutar también del déficit del ayuntamiento de Madrid. Como procuro observar la vida con mente analítica he comprendido que la bicicleta es un deporte mucho más completo de lo que parece, en el cual se ejercitan todos los músculos además de la inteligencia. Sí, sí, sorprendente. La cosa empieza por sacar la bicicleta del trastero sin destrozar nada. Todo un desafío a la lógica porque los mudanceros han conseguido meter en el reducido espacio disponible el mobiliario de un apartamento terciadito y todo eso lo han trenzado con las bicicletas. Sacas una caja, liberas unos pedales, otra caja, la rueda de atrás, mete la caja anterior para que sirva de soporte a la otra y así poder desincrustar el manillar, etcétera. Terminada la extirpación de las bicicletas viene la pregunta "¿Tienen aire las ruedas?" Por supuesto la respuesta es no. Mi bicicleta, la de señor mayor, tiene unas ruedas con un pitorrito fino que requiere arduas operaciones de ingeniería y no poca destreza para poder conectar de manera efectiva la bomba de aire, la cual apareció milagrosamente y sin oponer resistencia en la primera caja que abrimos. Conectar la bomba a la rueda y conseguir que entre aire en la misma es una operación que consume unos 25 minutos y que me deja sudando copiosamente y con el humor algo alterado, relatando en memoria de los progenitores del ingeniero que diseñó tan bonito mecanismo de inflado de ruedas.
Finalmente conseguimos salir a la calle con nuestras bicicletas a punto y nos ponemos en camino. el día soleado y agradable, el camino despejado, todo ideal de la muerte. P insiste en quedarse detrás de mi y perderse cada poco en la distancia, no me explico cómo lo consigue porque vamos cuesta abajo. La velocidad punta es tal que no acabamos de adelantar a un fulano que va corriendo en nuestra misma dirección. A unos tres kilómetros y medio paramos a recuperar el resuello y allí es donde P empieza a quejarse de que ha sufrido un accidente al parar. Yo no sé cómo lo ha hecho, el caso es que lleva la espinilla arañada amén de otros daños que no cuento para que no se cabree conmigo más de lo imprescindible. Juro que no sé como lo ha hecho, ni la bici ha caído, ni ella estaba patas arriba por los suelos ni nada de nada. Un misterio más grande que el de la Santísima Trinidad o incluso más que las caras de Belmez. A partir de este momento hemos iniciado el camino de retorno desandando lo andado y completando un recorrido total de siete kilometrazos por lo menos. Es más, puede que hayan sido ocho. Creo que habrá que repetir a ver si llegamos a diez.
![]() |
| Excursiones en bicicleta, un clásico. |

Juraría que nunca te he visto montando en bici, güey. Lo que me he reído imaginándote...
ResponderEliminarHaz memoria. Nueva York, verano de 1993, Central Park. Tú ibas en patines y llebabas una argentina detrás. Yo cabalgaba una bicicleta tuya que me costó Dios y ayuda traer desde Madrid; P nos acompañaba en la bicicleta de la argentina. Hay días que no se olvidan fácilmente.
ResponderEliminarNo se como una que yo me se no escarmienta. Su relación con las bicicletas nunca ha sido buena, al menos eso dice la Mamma.
ResponderEliminaryo doy fe de los duros principios...
ResponderEliminarYa me empiezo a sentir ofendida en lo más profundo de mi ser. Cargo con una fama de patosa inmerecida totalmente, da fe de ello que después de 8 años sin ponerme unos esquíes no me caí ni una sola vez.
ResponderEliminarLo que no has contado,cachondo, es que el día que te salimos a dar una vuelta para ver si te gustaba casi me ensartas con tu bici por el trasero. Joder que susto! Ese día, me acuerdo muy bien aunque hayan pasado 17 años, nos hicimos nada más y nada menos que 17,5 km, y eso con 32 años de edad... Así que no te metas tanto con tu mujer jejeje
ResponderEliminarLa culpa es tuya fusera, que con lo del "esate quieta tonta" que me soltaste en aquella ocasión que compartimos lecho abriste la veda.
ResponderEliminarLo del paseo en bicicleta por Central Park fue curioso. Tras haber escuchado por boca de P las "Glosas Ciclistas" durante meses yo la daba por una consumada experta del velocípedo pero ese día descubrí que para nada. Me echó una bronca por "abandonarla" en aquella ciudad de peligros que todavía me renueva cuando se acuerda y mira que han pasado años.