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viernes, 3 de febrero de 2012

El País

He salido a la calle y he percibido ese olor característico del verano en zonas de vacaciones. Un olor que sugiere agua, playa, fiesta… He respirado hondo para llenarme bien de ese aroma que hacía tanto tiempo que no disfrutaba. Después he comenzado a caminar calle arriba, por una avenida anchísima, magnífica que se llama Calle Cerritos. Camino sin plano de la ciudad pero en la mirada hacia las alturas se me nota mi condición de forastero aunque siempre hay alguno que te pregunta por una dirección. Caminando por Cerritos veo gente que no es muy diferente de la de Madrid, veo edificios altos y elegantes, se respira el poderío de la ciudad. Estoy en un lugar que podría ser la Castellana, el Paseo de Gracia, Park Avenue o la Avenida Míchigan de Chicago. De vez en cuando se ven montones de bolsas de basura y gente buscando algo aprovechable entre ellos. La búsqueda de “tesoros” entre la basura de los ricos parece lamentablemente una profesión muy extendida en este lugar.
Al cabo de un rato alcanzo la Plaza de la República, un cruce de dos calles principales en cuyo centro se encuentra un imponente monolito blanco que, sin ser tan grande como el de Washington, parece estar claramente inspirado en este. Giro hacia la derecha y camino por la Calle Corrientes. A falta de guía voy buscando los lugares por referencias de tangos Corrientes 348, el Parque Japonés… Daniel, mi conductor, no sabe nada de tangos. A él quien de verdad le gusta es Joaquín Sabina, tiene todas sus canciones y me las pone en la radio de su coche cuando me lleva por las mañanas al laboratorio y por las tardes de regreso al hotel. Al mismo tiempo me educa sobre usos y costumbres del país y yo, sin decirlo, me doy cuenta de la suerte que tengo por venir de donde vengo y vivir como vivo y deseo que le vaya muy bien a Daniel porque es un tipo tan bravo como honrado.
Camino por Corrientes, hacia la derecha primero y hacia la izquierda después hasta que el cansancio y la hora sugieren una cena antes de regresar al hotel. En Corrientes hay muchos cines, multitud de teatros e infinidad de tiendas de libros y discos nuevos y usados. También hay quioscos de prensa, la mayoría montados con cuatro chapas soportadas unas sobre las otras con gran precariedad. En uno de ellos he comprado uno de esos pines de bandera para la colección de P, para que vea que me acuerdo de ella. En otro he comprado un ejemplar de El País del día, edición América, para que me acompañe durante la cena solitaria que me espera.
Buenos Aires es muy diferente y a la vez muy parecido pero desde luego es un lugar en el que no te sientes extraño.

1 comentario:

  1. Pues sí, yo tampoco me sentí extraño. Es una gran ciudad que en algunos barrios y edificaciones me recordaba a París.
    Los que me dan pena eran los argentinos. Esperemos que aquí no lleguemos a eso, pero se le va pareciendo...

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