Tercer día en Buenos Aires y tercer día de buenos propósitos frustrados. Como el lunes y el martes, hoy me había propuesto ir a correr. Hoy sí, a disfrutar del veranito, ya he hecho lo que tenía que hacer y ya he dado una vuelta por la ciudad lo suficientemente amplia como para satisfacer lo más apremiante de mi curiosidad por este nuevo mundo sobre el que he caído tan de sopetón. Definitivamente la tarde del miércoles me la habían puesto para que saliese a correr. No salí, claro. Como siempre había una buena razón. Mauricio S, uno de los socios propietarios de pharmADN, la empresa que he venido a visitar y de la que represento (por delegación de mis amos) el 75% de las acciones, me ha ofrecido tomar una cerveza después del trabajo. Considerando que A) el tipo me cae bastante bien, B) en líneas generales me subyuga la confraternización con los nativos cualquiera que sea el lugar en el que me encuentro y C) he recibido instrucciones precisas de llevarme bien con el personal en Argentina, no me ha quedado otra que aceptar. A todo esto, también había recibido instrucciones precisas para ponerme en contacto con “el doctor” al objeto de concertar una cita con él porque quiere conocerme. “El doctor” es el propietario de la compañía para la que trabajo entre otras muchas, un tipo que gana en una hora más dinero que el que todos los lectores de este blog y su autor juntos podrían atesorar en un año. Un tanto azorado y un mucho intrigado porque una persona tan notable tuviese interés en un ser ínfimo como yo, y también porque soy un niño obediente y un pelota rastrero (de todo hay) me puse, efectivamente, en contacto con el doctor. Mientras hablábamos por teléfono me puso en espera y me mantuvo un buen rato en el limbo telefónico; después se disculpó y me explicó que es que tenía una llamada de Felipe González – sí, ese Felipe González- por la otra línea a lo cual contesté que yo, por Felipe González, espero lo que haga falta. Esto lo cuento para que os hagáis una idea de quién es el personaje que por lo demás no sé si será o no doctor pero sí sé que es psiquiatra y aquí lo dejo por no entrar en la tonta polémica de si los médicos son doctores por definición o no. El caso es que en Argentina, como en Italia, a la mínima te llaman doctor. Bueno pues el doctor me invitó a cenar y me hizo llegar un restaurante y una hora: las nueve de la noche del miércoles en el restaurante Nectarine, calle Vicente López 1661, Buenos Aires.
Cuando salimos del trabajo caían sobre Buenos Aires unos 38 grados uno encima del otro y la humedad relativa era como de Pontevedra o cosa similar. Sol radiante. Mauricio me llevó a su casa, un lugar peculiar consistente en una urbanización cerrada con una piscina y un bar en la zona baja que fue donde estábamos tomando la cerveza cuando empezó a llover. Una tormenta de verano, sin duda. Son recias las tormentas de verano en este país. Si ya lo digo yo, la civilización se fundó en Europa porque allí todo es más liviano. Llovía. Y llovía. Y llovía más. De hecho, parecía que estaban regando con una manguera cósmica. Yo no había visto llover así en la vida. A las seis y media Mauricio consideró prudente ir pidiendo un taxi que me llevase a mi hotel, trámite inexcusable para ir maqueado a mi cita con el doctor. No había respuesta de los taxis. Las risillas y bromas se congelaron cuando el local comenzó a inundarse. En un rápido reflejo me despojé de zapatos y calcetines para mantenerlos secos y me remangué los pantalones. Sabia acción porque el agua alcanzó un nivel por encima de los tobillos en cuestión de un minuto.
Visto el panorama, Mauricio se ofreció a acercarme en su coche, oferta que yo acepté. A las siete y veinte salíamos de su garaje que milagrosamente había drenado bien la riada. No es difícil imaginar la situación de la ciudad sometida a aquella lluvia brutal que según supe más tarde golpeó con especial fuerza en el barrio en que nos encontrábamos, Palermo-Belgrano. Los minutos corrían, el agua caía, los coches se atascaban, mi preocupación iba en aumento y mis zapatos en una bolsa de plástico. ¿Sería capaz de dar plantón al tipo más poderoso con el que había hablado en mi vida? Intenté contactar con él para dejarle un mensaje de apercibimiento sobre la miseria de mi situación pero no hubo manera. Se lo hice saber a mi conexión argentina por ver si alguien podía llegar hasta él. De camino al hotel les llamé (al hotel) por ver si me podían conseguir un coche para llegar al restaurante. Negativo.
Por fin, a las ocho y cuarto, con la lluvia ya en un caudal razonable, como de ducha generosa, conseguí llegar al hotel. Allí cambié vaquero remangado y camisa mojada por mi elegante traje de Carolina Herrera, el mismo que llevé a la boda del Josu y la Aurora, que rematado con los zapatos que había conseguido preservar de la riada y sin corbata me confería un aire de arreglao pero informal que me pareció muy adecuado para conocer a un amigo de Felipe González. Gracias a la intelnés pude descubrir que el restaurante no se encontraba muy lejos de allí así que armado de mi microparaguas, que tuve la precaución de poner en el equipaje, me dirigí al Nectarine saltando de charco en charco, evitando ser atropellado y encomendándome a San Martín Fierro cada vez que me tocaba cruzar una zona de apagón para que no me eventraran con la facona por arramblar con la plata que shevaba ensima el gashego. A todo esto el teléfono empezó a sonar en mi bolsillo. Sabía que era el doctor por lo de “número oculto” que aparecía en la pantalla pero no podía contestar porque el aparatito había dejado de responder al teclado. Y la lluvia venga a caer y con la humedad, el calor y el estrés yo a punto de iniciar una de mis legendarias sudadas.
A las nueve menos diez, increíble pero cierto, llegué al 1661 de la calle Vicente López. Pregunté por el restaurante y me indicaron un pasaje que de normal debía estar muy agradable pero que en aquel momento estaba oscuro como la cueva del Cíclope y, según me dijeron, inundado como canal veneciano. Cojonudo – me dije - pues vamos a esperar a que pase algo. Como no pasaba nada salvo el tiempo me decidí a ser proactivo y reavivé el teléfono mediante el viejo truco de apagar y encender y me puse a escuchar mensajes a ver si encontraba alguna pista del doctor. La perseverancia suele tener premio, descubrí entre mis mensajes uno en el que había un número de teléfono. Sí, era el del doctor. Ahora soy uno de los individuos que disponen del número directo del doctor, lo que es la vida. Le llamé, me contó que me estaba llamando porque le habían avisado de lo del restaurante inmersionado y me reorganizó la cita, esta vez en la puerta de mi hotel. Cuanto mejor si hubiésemos empezado por ahí. Minutos más tarde esperaba en la puerta de mi hotel, con los sudores más o menos controlados y con el traje de Carolina Herrera que más bien parecía de Catalina Herrada debido a la evolución del sudor de mi cuerpo ascendiendo por capilaridad a través del tejido y el agua de lluvia descendiendo por gravedad a través del mismo medio. Los zapatos algo húmedos pero sin hacer “chof-chof”. Así estaba yo, cagándome en el dios de la lluvia, cuando aparecieron el doctor y señora en la puerta del hotel a bordo de un coche grande de cristales tintados.
El doctor resultó ser un tipo pausado, de apariencia normal. Su santa, la doctora me pareció una señora contenida y de hechuras un tanto extrañas. Entre grandes amabilidades, sonrisas y usando toda la buena educación y maneras que mis padres consiguieron inculcarme durante mi infancia y mocedad temprana, mantuve con ellos una charla que sin duda hubiese aprobado Felipe. El único patinazo fue cuando dije que no entendía que la gente tuviese perro y contratase un paseador de perros (un oficio muy en alza en Buenos Aires) y la doctora comentó que ella tuvo contratados los servicios de uno. En fin, en esos casos nada como hacer que no has oído.
La cosa terminó temprano, ellos se fueron en su coche de pudientes y yo caminé los diez pasos que me separaban de mi hotel. En aquel momento me hubiese tomado un copazo para recuperar el ritmo cardiaco pero no encontré un bar a mano así que me senté a navegar un poco por la red para reposarme el cerebro. Ay qué joderse, una cita de copete y me tiene que coincidir con una tempestad.
Todavía no he recibido ni notificación de despido, ni un traje nuevo, ni tan siquiera una llamadita de Felipe González. Va a ser que después de todo el traje no se había mojado tanto.
Joder, tio, me has hecho llorar... Qué bueno!!! Así que vamos a esperar a que pase algo... jajajajajaja. Buenísimo.
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